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Una historia para cada día...

Sagrada Familia

El emperador Constancio y sus oficiales cristianos.

Durante una estancia en Tréveris, Constancio Cloro, padre del gran Constantino, quiso poner a prueba a sus oficiales cristianos. Convocó una reunión de su corte y les ordenó que hicieran sacrificios a los dioses, bajo pena de despido para los que desobedecieran. Sus oficiales cristianos se negaron enérgicamente, a excepción de uno, que participó en los sacrificios, pensando en ganarse así el favor del emperador. Se equivocó extrañamente, pues el emperador le dijo: «Eres un siervo infiel a tu Dios. Ahora bien, si el soberano del cielo no puede confiar en ti, mucho más debe tener tu soberano terrenal razones para desconfiar de ti». Entonces Constancio lo expulsó, mientras alababa y recompensaba a los oficiales que habían mostrado carácter.

El propio mundo desprecia a los que traicionan su religión.

Un abogado en busca de un puesto.

Un joven abogado de una buena familia católica de Ámsterdam había concebido la idea de entrar al servicio del Estado. Así que solicitó una audiencia con el ministro Moddermann (+1904), un protestante profundamente religioso, y le pidió un puesto. El ministro le preguntó, entre otras cosas, de qué religión era. Soy católico –respondió el joven–, pero –añadió, pensando que estaba halagando al ministro– no me importa. – Si es así», respondió el ministro, «no tengo ningún cargo que darle, pues un hombre que no se atiene a su religión no puede ser un devoto servidor del Estado.»

El joven, por su cobardía, había roto su carrera; pues los hombres de carácter desprecian a los que son judas para su religión.

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