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Las oraciones que forman el Rosario

El Rosario se compone de quince decenas de Avemarías. Cada una de estas decenas corresponde a un misterio que las almas piadosas meditan y saborean con deleite, repitiendo la Salutación Angélica. Antes de la primera de estas quince decenas, se hace la señal de la cruz, el santo y sublime preludio de toda oración y acción cristiana; se recita el Credo como profesión de fe que se desarrollará en el cuerpo de la devoción; luego vienen tres Avemarías, homenaje a las tres personas divinas de la adorable Trinidad, o a los tres estados de la vida de María, durante Su infancia, en el tiempo que vivió con Nuestro Señor, y en el tiempo que pasó en la tierra después de la muerte de Su Hijo.

La excelencia de las oraciones que componen el Rosario nos muestra la virtud y la solidez de esta saludable práctica. En primer lugar, se recita el Credo de los Apóstoles, que ha llegado hasta nosotros inalterado, habiendo pasado por la boca y el corazón de todas las generaciones cristianas durante veinte siglos. Este Credo, que los mártires repitieron con valentía en los anfiteatros e incluso bajo el hacha de los lictores, y que San Ambrosio llama el gran arsenal en el que se encuentran todas las armas capaces de vencer y confundir el error. Es, según este santo doctor, como el estandarte que reúne bajo su sombra a todo el ejército cristiano. Recitamos el Credo al comenzar el Rosario para reavivar nuestra confianza, recordando que la fe es, de todas las disposiciones, la más necesaria para hacer efectiva nuestra oración. «La eficacia de la oración –dice Santo Tomás– se deriva de la fe que cree en la promesa de Dios, y de la confianza en la palabra que Él nos ha dado. La confianza se nos presenta siempre en la Escritura como el motivo y la medida de las gracias que Dios derrama sobre nosotros.» En el Evangelio, cuando un enfermo o un pobre Le pedía algún favor, Jesús le preguntaba: ¿Crees que puedo hacerlo? Con la oración del Credo, repetimos con los beneficiarios del Evangelio: Señor, creo en Tu amor, creo en Tu poder omnipotente.

El Credo fue compuesto por los propios doce primeros apóstoles. Mientras emprendían caminos separados para evangelizar el mundo, cada uno de ellos formuló una de sus verdades. «Es una maravilla magnífica e inefable que este Credo, obra de unos pocos hombres sin conocimientos ni letras, se haya extendido desde un oscuro rincón de Judea a todas las partes del universo, y se haya convertido en el símbolo no sólo de los pueblos, sino también de todo lo que ha habido en la tierra de hombres verdaderamente grandes, especialmente de hombres de sólida virtud: dando a los tímidos el valor y la fuerza para afrontar la persecución y la muerte, y triunfando en todas partes tanto sobre los tiranos como sobre los filósofos, sobre los sofismas como sobre los cadalsos. Sin duda, para establecer los hechos de la historia evangélica, bastaría con que hubieran sido atestiguados públicamente en los mismos lugares donde habían tenido lugar, si hubieran sido confirmados por testigos en presencia del pueblo y de los magistrados, y sellados por ellos con su sangre. Sin embargo, esto no fue suficiente en los misericordiosos designios de la Sabiduría divina: Dios quiso no sólo que los hechos del nacimiento, la pasión, la crucifixión, la muerte y la resurrección del Salvador quedaran registrados en el Credo; sino que a este testimonio de los Apóstoles se uniera el de todos los cristianos contemporáneos, y que expresado por el mismo símbolo, fuera repetido, de edad en edad, por todos los que se convirtieran en miembros de la Iglesia de Jesucristo; Que en todo tiempo, en todo lugar, en las persecuciones como en la paz, en las asambleas privadas como en las públicas, en el interior de las familias como en los templos, etc., El primer anillo de este testimonio está vinculado a los hechos mismos de los que es objeto, y el último anillo está vinculado a la Cruz gloriosa y triunfante, con la que, en el día temido, Jesús aparecerá en la tierra para juzgar tanto a los que creen como a los que se niegan a creer.» (P. de Géramb.)

Inmediatamente después de haber adorado a Dios Padre, a Su único Hijo, Nuestro Señor, los Apóstoles añaden: Que fue concebido por el Espíritu Santo, nació de la Virgen María.

Id ahora, gloriosos Apóstoles, hasta los confines de la tierra; habéis asegurado el triunfo de María en todas las épocas. Salid, embajadores inmortales de la grandeza de vuestra Reina; tenéis en vuestros labios vuestra credencial imperecedera a los ojos de todas las naciones: El que fue concebido por el Espíritu Santo nació de la Virgen María.

Marchaos, Apóstoles, fieles servidores de María, marchaos, y que nunca más la impiedad y la herejía vengan a preguntarnos con desprecio qué es esta nueva devoción a María, que ni la Escritura ni la Tradición autorizan; María, de La que nació Jesús. Toda la religión está aquí. El único Hijo de Dios, Luz de luz, el verdadero Dios del verdadero Dios, Se hizo hombre. Nació a través de María a la vida del tiempo, ya que es engendrado por Su Padre desde toda la eternidad. Fue concebido por el Espíritu Santo, nació de la Virgen María.

Los más ilustres Doctores de la Iglesia, los mismos Querubines, no pudieron decir nada más admirable sobre la gloria y la alabanza de la augusta Madre de Dios.

(Padre Huguet)

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