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Notre Dame du Laus

Excelencia del Rosario

Santo Domingo, para devolver la paz a la Iglesia desgarrada y ensangrentada por la herejía de los albigenses, quiso asociar todos los corazones cristianos en una misma oración y en un mismo pensamiento de fe. Al instituir, a petición de la propia Virgen María, este modo de rezar, que desde entonces se ha difundido por toda la Iglesia con el hermoso nombre de Rosario, Santo Domingo se propuso combatir la herejía con la oración y con la fe: con la oración, implorando la ayuda de Aquella a quien la Iglesia ha proclamado guardiana de la ortodoxia, diciéndole en la liturgia: «Alégrate y regocíjate, Virgen María, Tú sola has exterminado todas las herejías en todo el universo; por la fe, proponiendo a la meditación de los fieles los principales misterios de la redención, enlazando entre sí, con oraciones sencillas y sublimes, las verdades fundamentales del cristianismo.»

Aunque los cristianos, dice el Padre Lacordaire, acostumbraban a dirigir su corazón a María, el uso inmemorial de la Salutación Angélica no tenía nada de reglamentado ni de solemne. Los piadosos siervos de la Santísima Virgen no se reunieron para dirigirla a su amada Protectora, siguiendo cada uno el impulso de su amor por Ella, cuando Domingo, fiel a la recomendación de la propia María, y conociendo todo el poder de la asociación en la oración, creyó que sería útil aplicarla a la Salutación Angélica, y que este clamor de todo un pueblo reunido se elevaría al cielo con un gran imperio. La misma brevedad de las palabras del Ángel exigía que se repitieran varias veces, como esas aclamaciones uniformes que la gratitud de las naciones lanza al paso de los soberanos. Pero la repetición podía llevar a la distracción de la mente, y Domingo lo previó dividiendo las salutaciones orales en varias series, a cada una de las cuales unía el pensamiento de uno de los misterios de nuestra redención, que eran a su vez para la Santísima Virgen un tema de alegría, dolor y triunfo. De este modo, la meditación íntima se unía a la oración pública, y el pueblo, al saludar a su Madre y Reina, La seguía en lo más profundo de Su corazón en cada uno de los principales acontecimientos de Su vida. Santo Domingo creó una cofradía para asegurar mejor la duración y la solemnidad de este modo de súplica.

Su piadosa empresa fue bendecida con el mayor de los éxitos, un éxito popular. El pueblo cristiano se ha adherido a ella de siglo en siglo con una fidelidad increíble.

(Padre Huguet)

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