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La Sagrada Familia en oración

El perdón en el corazón de los Santos

Alguien le dijo a San Francisco de Sales que lo más difícil en el cristianismo, en su opinión, era el amor a los enemigos, y a lo que el Santo contestó: «No sé qué clase de corazón tengo, y si Dios, por efecto de Su amor hacia mí, me ha dado uno muy distinto del que da a los demás, pues el cumplimiento de este precepto no me resulta difícil. Te confieso incluso que, si Dios me hubiera prohibido amarlos, me sería difícil obedecerle». El siguiente hecho demuestra que actuaba como hablaba.
Había un abogado en Annecy que odiaba al santo prelado, sin que éste supiera por qué. Nunca dejó de ridiculizarlo, de calumniarlo y de aprovechar cualquier oportunidad para demostrar su odio hacia él. El Santo, que era instruido en todo, al encontrarse con él, lo saludó amablemente; y, tomándolo de la mano, le dijo todo lo que juzgaba capaz de hacerle volver en sí; pero, viendo que estas palabras no producían ningún buen efecto, añadió: «Percibo bien que me odias, y no puedo sospechar qué te ha indispuesto contra mí; pero ten la seguridad de que, cuando me sacaras un ojo, te miraría con el otro como si fueras el mayor de mis amigos.» Sorprendentemente, tales sentimientos no pudieron ablandar su corazón. Habiendo disparado varias veces pistolas contra las ventanas del palacio episcopal, este frenético hombre llegó a disparar una contra el propio Santo, un día que se encontró con él en una calle de la ciudad; el obispo no resultó herido, pero sí el sacerdote que le acompañaba.
Apenas se informó al senado de Chambéry de este hecho, el culpable fue encarcelado y poco después condenado a muerte, aunque el santo obispo no escatimó esfuerzos para evitar que se ejecutara la sentencia. Todo lo que obtuvo fue que se aplazara la ejecución; su intención era dirigirse al soberano, al que hizo tantas apelaciones que le concedió el indulto que buscaba con tanto ahínco como si se hubiera interesado por el mejor de sus amigos o por un pariente cercano. El santo obispo, habiendo obtenido lo que deseaba, se dirigió a la prisión, sin dudar que ganaría el corazón de su enemigo; le habló del perdón que había obtenido, rogándole que depusiera para siempre todo sentimiento de odio. En lugar de brotar lágrimas de arrepentimiento y gratitud de los ojos de este desgraciado, no recibió de él más que invectivas: sólo se enfureció más cuando vio a su obispo, su benefactor, de rodillas, pidiéndole perdón como si hubiera sido un criminal. ¿Qué hizo entonces el Santo? Se despidió de este hombre, dejándole las cartas de gracia, y le dijo: «Te he sacado de las manos de la justicia de los hombres, y si no te conviertes, caerás en las manos de la justicia de Dios, y no podrás escapar.»

Una buena monja, llena de verdadera caridad, solía presentarse ante el Santísimo Sacramento cuando había recibido una mortificación de una de sus hermanas, y decía a Jesucristo: «¡Oh, Salvador mío! La perdono de corazón por Vuestro Amor: Os ruego que le perdonais por amor de mí todos sus pecados.»

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