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La Sagrada Familia en oración

Nuestro corazón es demasiado grande para el mundo; ¡sólo Dios es más grande que nuestro corazón!

Los favores que Ignacio de Loyola recibió del Cielo sirvieron mucho para hacerle olvidar las vanidades de la tierra. Una noche Se le apareció la Virgen, con el pequeño Jesús en brazos y rodeado de luz.

Ante esta visión, el alma de Ignacio se llenó de una unción celestial que hizo que los placeres de los sentidos parecieran insípidos. Le pareció que durante la aparición, que duró algún tiempo, su corazón se purificó y todas las imágenes de placer sensual se borraron de su mente. El efecto de la aparición no pasó con ella. Desde ese feliz momento ya no sintió las revueltas de la carne, ni tuvo ninguno de esos pensamientos que a veces atormentan a las personas más castas. Pero no podía perder la presencia de Jesús y María sin dolor. Para consolarse, miraba a menudo al Cielo, y siempre que lo miraba, se horrorizaba de las cosas más encantadoras del mundo.

Cuando su pierna estuvo lo suficientemente bien, se preparó para seguir la voz que le llamaba, y se preparó en secreto, convencido desde entonces de que los asuntos de Dios debían llevarse a cabo sin ruido, y de que no debía hacer aspavientos para dejar el mundo. Pero al verlo tan diferente de sí mismo, sumido en profundos pensamientos, hablando poco y sólo de la vanidad de las cosas humanas, leyendo y escribiendo a todas horas, era fácil imaginar que estaba disgustado con el mundo, y que planeaba algo extraordinario. Dom Martín Garcie, su hermano mayor, que desde la muerte de Dom Bertram era dueño del castillo de Loyola, y que no vivía demasiado de acuerdo con las máximas del Evangelio, hizo lo posible por descubrir y desbaratar su designio. Un día lo llevó aparte y lo elogió por las buenas cualidades que la naturaleza le había dado, especialmente por la inclinación bélica que, desde su juventud, le había hecho tomar la profesión de las armas, y por la sabiduría que tan pronto había aparecido en su conducta. Tras lo cual le rogó que no creyera en su dolor y que no emprendiera nada a la ligera.

«Adquiristeis mucha gloria en el sitio de Pamplona -le dijo- y ahora sois considerado uno de los más ilustres guerreros de España. No destruyas tu reputación, no deshonres a tu familia con una locura indigna de ti. Al menos no me ocultes los pensamientos que ruedan por tu cabeza, y confía en un hermano que te quiere mucho».

Cuando Dios habla con fuerza al corazón, las palabras de los hombres tocan poco, por muy halagadoras que sean. Ignacio, que ya no veía nada más grande que el desprecio por la grandeza de los mortales, y que comprendía el peligro al que le expondría una confidencia, contestó a su hermano con dos palabras, que estaba lejos de hacer una locura, y que trataría de vivir siempre como un hombre de honor.

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