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Una historia para cada día...

Nuestra Señora de la Asunción

El rescate de un oficial del ejército francés

Raymond había sido educado por una madre muy cristiana en los sentimientos de verdadera piedad y en los ejercicios de la religión. Cuando ingresó en una prestigiosa escuela militar, los principios religiosos del joven por fin habían calado. Pero mientras perdía su fe, su inocencia y todas sus prácticas religiosas, conservaba un afecto filial por la Santísima Virgen. Durante veinticinco años de la más libre y tormentosa vida, no había faltado un solo día para recitar su Memorare, piissima Virgo Maria, y encomendarse a la protección de la Reina del cielo y de la tierra. No todo es felicidad en el camino de las pasiones. Nuestro oficial sólo encontró la ruina completa de su alma, su salud, su fortuna y su honor.

Desesperado, por tanto, como suele ocurrir, por remediar las desgracias de todo tipo que cayeron sobre él al mismo tiempo, resolvió poner fin a una vida que se había convertido en una carga para él. Un día intentó asfixiarse; pero, o bien no había tomado todas las precauciones fatales, o bien, su Madre celestial le protegió de tan triste final. Al día siguiente se encontró vivo en la cama donde se había tirado a morir. Entonces resolvió volarse los sesos; pero antes de llevar a cabo este horrible plan, quiso ver, por última vez, al único amigo que sus desgracias le habían dejado, y confiarle una carta con sus últimos deseos. En esta carrera pasó ante la basílica de Nuestra Señora de las Victorias: una fuerza que no pudo controlar le obligó a entrar en el augusto santuario. Cayó de rodillas ante la imagen de la Santísima Virgen y pronunció su invocación diaria a María; no había terminado su oración cuando se encontró totalmente cambiado en un instante. La esperanza, que había vuelto a su corazón, había ahuyentado todos los pensamientos de suicidio, y el deseo de poner fin a su vida había sido sustituido por una resolución firme y sincera de acabar con sus trastornos. En fin, una hora más tarde, estaba a los pies de un santo sacerdote de la Madeleine (Padre de Rayneval) y purificaba su alma con la confesión de sus faltas y con las lágrimas del arrepentimiento. Tenemos este hecho de boca de este venerable clérigo, a quien el penitente autorizó a publicar estos detalles de su conversión, mientras esperaba que él mismo lo hiciera como testimonio de su gratitud a María y para la edificación de la Iglesia.

Se podrían hacer numerosos volúmenes de todos los prodigios de este tipo que el recuerdo o la invocación de María obra cada día, reavivando la esperanza en las almas más desesperadas.

(Tratado sobre el culto a la Santísima Virgen, por el Padre Ventura, 1859, p. 92).

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