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Una historia para cada día...

Nuestra Señora de la Asunción

La confianza inquebrantable de un soldado.

>Un piadoso soldado nos habló de una señal de la protección de María. Fue durante el mortal asalto a Sebastopol. Su regimiento estaba destinado a marchar primero; para la mayoría, la muerte era ya segura. Nuestro valiente soldado procuró confesarse y comulgar. A su lado, sus llorosos compañeros creían ver el sol por última vez; lamentaban morir tan lejos de la patria, y grandes y amargas lágrimas corrían por las mejillas de estos rudos soldados.

«Era el deber, había que adelantarse a la muerte, me dijo el soldado; me resigné. Me encomendé a María, pero no Le pedí nada. A mediodía, comenzó el fuego asesino. No me sentí intimidado en absoluto; lo único que veía eran bombas incendiarias, balas de cañón y proyectiles que oscurecían el cielo. La muerte estaba cosechando sus víctimas sin piedad. Para mí, mis pensamientos estaban totalmente en el Cielo y en María.»

¡Qué grande es la bondad de la Reina del Cielo! Llevado por su ardor, nuestro valiente soldado, tras cruzar las trincheras, se encontró por un momento solo frente a una columna de rusos. Al ver este peligro, se detuvo y, ¡oh maravilla! el enemigo no le disparó. Al final de esta sangrienta jornada, sólo quedaban trece hombres de su compañía. María lo había salvado.

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