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Nuestra Señora de la Asunción

Un viejo pecador curado y convertido por la Santísima Virgen.

En 1834 vivía en Angulema un viejo coracero que, no teniendo fuerzas para soportar ciertas penas, cuyo tema se desconoce, resolvió liberarse de ellas quitándose la vida.

Indeciso por unos momentos sobre el tipo de muerte que debía elegir, se decidió por el veneno, pensando que podría ocultar más fácilmente su crimen al público, y pronto su horrible plan se llevó a cabo. No tardó en sentir sus efectos: crueles dolores le advirtieron del triste éxito de su culpable acción. Inmediatamente fue al hospital y pidió que se le permitiera pasar la noche allí. «La causa de mi muerte no se conocerá, se dijo a sí mismo, y mi memoria no se desvanecerá». Pero la superiora le dijo que no podía recibirlo sin una nota de la administración. El desafortunado hombre, obligado a retirarse, ya no sabía qué hacer. En esta perplejidad, siente que le aprietan el brazo y oye una voz que le dice: «Ve a San Pedro y confiésate con el abate Mathurin.» Sacudido por esta advertencia, no ofreció la menor resistencia, se dirigió a la iglesia designada por la voz, y mandó rogar al abate Mathurin que viniera a confesarlo. Éste, abrumado por el cansancio, le dijo que viniera en otro momento: era entonces Cuaresma, eran las tres de la tarde, y el buen sacerdote aún no había roto su ayuno. Sin embargo, el infortunado le hizo nuevas peticiones y le aseguró que más tarde no sería el momento. Así que el sacerdote fue al confesionario, y el penitente le dijo que acababa de envenenarse. Ante esta declaración, el confesor le hizo ver que estaba obligado a permitirle divulgar el secreto. El soldado, tocado por la gracia, le concedió este permiso, y como el fuego que ardía en sus entrañas y el agudo dolor que sentía lo sumieron en un estado bastante desesperado, el caritativo sacerdote lo sacó del confesionario, lo sacó de la iglesia y lo arrastró apresuradamente al hospicio. Su chófer pidió inmediatamente un contraveneno; pero mientras se preparaba, el sacerdote tocó el pulso del paciente y no encontró ninguno: una tez lívida, ojos turbios, todo anunciaba una muerte próxima. Ante esta visión, con el corazón atravesado por el dolor, pero lleno de confianza en la misericordia divina, el ferviente sacerdote se arrodilló y rezó las letanías de la Santísima Virgen. A la primera invocación sintió que el pulso del moribundo volvía, y poco después oyó que se pronunciaban algunas palabras. «Oh, mi buen Padre», le dijo con voz muy débil, «Padre, reza, reza de nuevo». Entonces suspiró y volvió a decir: «¡Santa María, reza por mí!» Pronto su conciencia regresó por completo.

El abate Mathurin, en el entusiasmo de tan maravilloso cambio, le preguntó si no había conservado algunas prácticas de piedad. «No, Padre, hace tiempo que no rezo.» Pero, después de pensar un momento, se descubrió el pecho y mostró un escapulario: «Aquí está el único signo de piedad que he conservado. – Ah, amigo mío -exclamó el sacerdote-, ya no me sorprende el milagro que acaba de producirse; es María quien te ha protegido, a Ella le debes la vida.» El médico, sin embargo, llegó y, después de escuchar los detalles necesarios de la posición del paciente, le aseguró que sólo un poder superior podría haber prolongado su vida más allá de dos horas después de la toma del veneno, uno de los más activos conocidos. Habían transcurrido cinco horas desde aquel momento fatal. El contraveneno se volvió inútil. El médico se propuso redactar un informe para atestiguar la veracidad del prodigio; pero el humilde clérigo, temiendo que el milagro pudiera atribuirse al fervor de sus oraciones, no creyó conveniente hacer público el hecho.

Me lo han contado personas dignas de fe. Que te dé una nueva confianza en María.

(Mes de María, por el Padre Michaud).

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