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Una historia para cada día...

Nuestra Señora de la Asunción

Flores ofrecidas a María.

Un joven aprendiz de una gran ciudad, hijo de un pobre trabajador, al ver a su madre triste y desanimada por la falta total de trabajo, le dijo una tarde de abril: «Madre mía, ten confianza; recemos juntos a la Virgen, ella nos ayudará. El caballero que nos visitó me lo dijo.» La pobre mujer siguió el consejo de su hijo; pocos días después tenía trabajo en abundancia. Cuando el mes de mayo llegaba a su fin, el aprendiz dijo a su madre: «Madre, no hemos dado las gracias a la Santísima Virgen por habernos ayudado; ven a la iglesia, allí oiremos misa y luego ofreceremos un pequeño recuerdo a nuestra Protectora.» La obrera siguió obedientemente a su hijo, que, cruzando con ella el mercado de las flores, compró allí dos bonitos rosales, los pagó y corrió a colocarlos en el altar de la Virgen. El niño explicó a su sorprendida madre que, desde el día en que le devolvieron el trabajo, había resuelto dar a María una muestra de su gratitud. Todas las mañanas, en el taller, recibía dos peniques para comprar el almuerzo. Había comido pan seco durante todo el mes, y con los tres francos que había ahorrado había comprado los dos rosales que le ofrecía su gratitud.

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