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Nuestra Senora de La Salette

Conversión de jóvenes árabes.

Sobre la gruta, santificada por los ayunos del profeta Elías, ahora en el Carmelo, hay un magnífico santuario dedicado a la Virgen. Alrededor están los edificios de los RR. PP. Carmelitas; sólo hay una casa musulmana en las inmediaciones, la de una familia cuyo hijo, hace unos años, se encariñó con un pintor europeo que había llegado a Siria y al que los religiosos confiaron la tarea de decorar la cúpula de la iglesia. Ahmed, que así se llamaba el joven árabe, no había estudiado nunca; pero, dócil por naturaleza, inteligente y observador, hizo tales progresos en el arte de la pintura que, habiendo abandonado su maestro su obra sin terminarla, Ahmed se encontró lo suficientemente hábil como para completarla adecuadamente.

Pero mientras el joven musulmán parecía absorto en su trabajo, otro objeto le cautivaba aún más: la majestuosa imagen de María y la piedad de los peregrinos, que acudían a ofrecer sus oraciones a la dulce Virgen del Carmelo. La impresión que sintió fue tan fuerte que un día, encontrándose solo en la iglesia, corrió a postrarse a los pies de María… ¿Qué debe decirle? No lo sabe; pero siente una atracción tan deliciosa que se levanta con dificultad para ir a recoger sus pinceles y se apresura a volver a la santa imagen en cuanto cree que no le han visto.

Sin embargo, su corazón se calentaba cada día más, y su alma se llenaba con el pensamiento de la augusta Virgen. Una noche –dice–, mientras dormía, me pareció verla deslumbrada por la luz; con una mano apretaba contra Ella a su divino Niño; con la otra me hacía señas para que la siguiera. Impactado por esta visión, fui a arrodillarme a los pies de su imagen mucho antes de que se hiciera de día. Oh Virgen del Carmelo, Le dije, no sé cómo rezarte; pero guíame, Te lo imploro, deseo servirte a Ti y a Tu Hijo.»

En estas disposiciones estaba Ahmed, cuando llegó al convento un europeo: era un médico, ya anciano, que desde hacía unos meses había montado su tienda en una roca del Líbano. La visión del joven Ahmed trabajando en la iglesia le impactó. Se acercó a él y le preguntó quién era: «Un musulmán, respondió el árabe, pero quiero hacerme cristiano. – Si es sincero –respondió el médico–, venga conmigo, le facilitaré los medios.»

El joven acepta sin dudarlo. Sin embargo, tuvo que obtener el permiso de su padre para marcharse. Por ello, fue a verle y le expresó su intención de perfeccionarse en su arte y aprender la lengua de los francos. Ahora se presenta una oportunidad favorable; es importante aprovecharla, si su familia está de acuerdo. Después de muchas dudas, el padre finalmente dio su consentimiento; incluso le permitió llevar a uno de sus hermanos con él.

Los dos jóvenes árabes no tardaron en unirse a su guía, quien, deseando sobre todo conducir a la seguridad a aquellos que la Providencia había confiado a su cuidado, abandonó su clientela y vino a instalarse en Zuhlé, una ciudad situada en la parte oriental del Líbano. Allí, los misioneros de la Compañía de Jesús habían establecido una residencia, y siendo la población de esta localidad cristiana, los dos hermanos estarían seguros allí: también era allí donde la gracia completaría la obra iniciada bajo los auspicios de María. Los dos neófitos, pues el más joven pronto siguió el ejemplo del mayor, progresaron tan rápidamente en el conocimiento de los dogmas cristianos que no tardaron en ver cumplido su mayor deseo: el agua bendita del bautismo fluyó sobre sus frentes. Poco después fueron enviados a Beirut, donde les esperaba un juicio. La noticia de su conversión causó revuelo; su padre acudió, hirviendo de ira, para reprenderles y obligarles a renunciar a su nueva fe; pero la firmeza de los nuevos cristianos permaneció inquebrantable, triunfando sobre las súplicas, la ternura y las amenazas. Además, el hut humayoum se publicó en Beirut y no se pudo ejercer más presión sobre ellos. Desde entonces, no han dejado de avanzar en la virtud.

Que la Divina Virgen –añadió el piadoso misionero que transmitió estos detalles– se complazca con el relato de estas dos conversiones que se le deben; son dos flores nacidas en el Carmelo y trasplantadas al Monte Líbano. En esta doble capacidad, son suyas; porque la gloria del Líbano le fue dada así como la belleza del Carmelo.

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