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Una historia para cada día...

Nuestra Senora de La Salette

Peregrinación del Padre de Géramb a Nuestra Señora de la Guardia.

Dom Geramb, abad del monasterio trapense, a su regreso de Tierra Santa, y a punto de llegar a puerto, fue acosado por una fuerte tormenta. Así es como la Santísima Virgen acudió al rescate de la tripulación:

«Esperaba poder ir de Malta a Génova. Después de esperar mucho más tiempo del que hubiera querido, y siempre en vano, a que apareciera un barco, cambié de opinión y decidí confiarme al Eagle, un bergantín inglés que partía hacia Marsella. El tiempo era espantoso; nos vimos obligados a navegar en medio de continuas tormentas. Nunca en mi vida he tenido que sufrir tanto en el mar. Durante veinticuatro horas, al menos, todo parecía inútil. Tanto los marineros como los pasajeros pensaban que estábamos perdidos; leí en todos los rostros la aprensión de una catástrofe inminente e inevitable, y compartí la ansiedad común. En esta dolorosa situación, la tripulación, que estaba siendo maltratada, presentó el más conmovedor espectáculo religioso. A pesar del continuo silbido de los vientos, a pesar de la rápida sucesión de relámpagos, a pesar de los repetidos relámpagos que, retumbando sin cesar sobre nuestras cabezas, amenazaban con caer sobre nosotros, la oración de la tarde no se interrumpió ni una sola vez. Nunca, en el silencio y el recogimiento del claustro, oí cantar con más devoción y fervor las antífonas y letanías de la Santísima Virgen. El capitán fue el primero en dar el ejemplo. Su voz fuerte y sonora, respondida unánimemente por todos los marineros, resonaba en la distancia, y estos cantos, animados por la vivacidad de la fe y la confianza, dominaban a intervalos el ruido del cielo y las olas iracundas. Nuestras oraciones fueron escuchadas: el barco escapó de todos los peligros y llegó a puerto felizmente. Un beneficio tan inesperado no fue, como ocurre con demasiada frecuencia, olvidado y despreciado. Al día siguiente de desembarcar, la tripulación y la mayoría de los pasajeros se apresuraron a acudir a la capilla de Nuestra Señora de la Guardia para dar las gracias a su divina Protectora y testimoniar su sincera gratitud por la ayuda que les había conseguido intercediendo ante su divino Hijo.

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