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Una historia para cada día...

Nuestra Señora del Purgatorio

El peso de las Indulgencias

El beato Berthold, predicador de la Orden de San Francisco, acababa de pronunciar un sermón muy conmovedor sobre la limosna, tras el cual había concedido a sus oyentes diez días de indulgencias, según el poder que había recibido del Soberano Pontífice, cuando una dama de condición, que, habiendo perdido su fortuna, se veía obligada a solicitar la caridad cristiana, se le acercó en secreto para exponerle su miseria. El buen Padre le dijo: «Te has ganado diez días de indulgencia por asistir a mi predicación. Ve, pues, a cierto banquero, que hasta ahora apenas se ha preocupado de los tesoros espirituales, y ofrécele, a cambio de su limosna, darle tu mérito. Tengo todas las razones para creer que le dará alguna ayuda». La pobre mujer fue allí con toda sencillez. Dios permitió que este hombre la recibiera amablemente: le preguntó qué quería a cambio de su indulgencia de diez días. «Tanto como pesan, respondió. – Bien -dijo el banquero-, aquí tienes una balanza: anota tus diez días en un papel y ponlo en una de las bandejas: yo pondré una moneda en la otra.» ¡Oh, maravilla! La primera sartén lleva el dinero. Asombrado, el banquero añade otra moneda, que no supone ninguna diferencia en el peso. Puso cinco, diez, treinta, tantos como necesitara la suplicante en su necesidad actual; sólo entonces se equilibraron las dos bandejas. Esta fue una valiosa lección para el banquero: por fin sintió el valor de los intereses celestiales. Pero las pobres almas lo entienden aún mejor; por la más mínima indulgencia darían todo el oro del mundo.

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