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Nuestra Señora del Purgatorio

Cómo las almas del purgatorio pagan a quienes les hacen el bien

Había un joven en los alrededores de Roma que llevaba una vida disoluta y escandalosa, y por ello se convirtió en objeto de horror y terror. Sus excesos, su continua violencia, despertaron en él decididos enemigos, que resolvieron quitarle la vida. El desgraciado, en medio de sus desórdenes, había conservado una gran compasión por las almas del purgatorio, por las que de vez en cuando hacía rezar misas o daba limosnas; incluso rezaba por ellas con todo el fervor del que era capaz en este triste estado de conciencia. Esta única devoción iba a salvar su alma y su cuerpo milagrosamente.

Una noche cabalgó hacia Tívoli en un buen caballo, creyendo que escapaba de las trampas que sabía que le habían puesto, pero resultó que caminaba justo delante de ellas. En efecto, no ignorando que debía pasar por allí, se habían colocado en emboscada armados con arcabuces, detrás de un pequeño bosque, y esperaban su llegada para matarlo. Se acercaba rápidamente a este lugar, cuando vio por encima de su cabeza los miembros de un criminal atados a las ramas de un roble para ejemplo de los delincuentes. Compadecido, se detuvo a rezar algunas oraciones, como era su costumbre, por esta pobre alma abandonada. Pero mientras rezaba, una maravilla inconcebible golpeó sus ojos en los últimos rayos del día: esos miembros escuálidos, marchitos y separados se unieron, cayeron al suelo, cobraron vida y se acercaron al jinete de forma viva. Permaneció en su lugar, clavado por el terror. El fantasma tomó la brida del caballo y le dijo al joven: «Bájate y déjame cabalgar un momento; tu salvación depende de ello; me esperarás aquí; no tardaré». Tal fue su terror, que, sin pronunciar palabra, desmontó y dejó su caballo en manos del cadáver resucitado, que lo montó y lo lanzó hacia adelante.

Al oír el ruido, los enemigos se prepararon, desenfundaron sus arcabuces, los descargaron y, al ver caer al jinete, huyeron lo más rápidamente posible, antes de que el golpe atrajera a la gente y les hiciera ser descubiertos. Estaban seguros de que finalmente habían matado a su hombre. Se equivocaron. Éste, tembloroso y fuera de sí, no se había movido cuando vio regresar al espectro, que se detuvo y le dijo: «Acabas de oír esta descarga de arcabuces; iba dirigida a ti: habrías muerto infaliblemente: muerto en cuanto a la vida presente, muerto en cuanto al alma. Las almas sufrientes del Purgatorio, por las que tienes una devoción compasiva, han obtenido de Dios que yo acuda en tu ayuda en este extremo peligro. Reconoce esta inmensa bendición continuando a rezar por ellos, pero aún más cambiando tu vida y comportándote en adelante como corresponde a un cristiano.»

Cuando terminó este discurso, el cadáver volvió a ocupar su lugar, como si una mano invisible lo atara a las ramas. En cuanto al joven, no es necesario insistir en la conversión que se había producido en él. Pocos días después, decidió despedirse del mundo para hacer penitencia en una orden austera, donde vivió con gran perfección.

Qué cierto es este dicho de la divina Escritura: ¡El hombre de misericordia asegura la felicidad de su alma!

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