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Una historia para cada día...

Niño Jesús, ¡Te amo con todo mi corazón!

Los eruditos religiosos.

La mayoría de los grandes científicos eran creyentes.

Entre los célebres naturalistas que ilustraron el siglo XIX, un número considerable eran creyentes: mencionaremos sólo a Cuvier, Arago, Cauchy, Ampère, Pasteur y de Lapparent por Francia. Por lo tanto, es falso que la ciencia y la fe estén enfrentadas, pues si así fuera, todos estos científicos se habrían convertido en incrédulos. Más bien se puede decir lo contrario, según el proverbio: la poca ciencia aleja de Dios, la verdadera ciencia devuelve a Dios.

José II y el alguacil.

José II (m. 1790) a menudo se mezclaba de incógnito con el pueblo para conocer su situación y sus necesidades. Durante una hambruna, cuando los precios del trigo habían subido enormemente, envió considerables suministros a Bohemia para distribuirlos entre los pobres. Al mismo tiempo, visitó personalmente el país para controlar a los empleados responsables de la distribución. Llegó a una pequeña ciudad cerca de Praga, entre otros lugares: frente al ayuntamiento había una larga fila de carros cargados de grano. Cuando se mezcló con la gente que estaba cerca de los vagones, se enteró de que el convoy llevaba mucho tiempo en la ciudad, que durante horas los conductores habían esperado en vano la descarga y la gente el reparto, pero que el alguacil no había dado señales de venir. El emperador se presentó con su disfraz en la casa del alguacil, y le increpó porque permitía a esa pobre gente esperar sin razón. El alguacil respondió que no tenía órdenes que recibir de un extraño y que sabía lo que tenía que hacer. El emperador abrió entonces su houppelande y mostró su uniforme, diciendo a este funcionario que se había puesto pálido de confusión: «Soy el emperador, te despido de tu cargo, ya no tienes que ocuparte de la distribución del grano.

Si este alguacil hubiera reconocido al emperador, ¿se habría atrevido a tratarlo con tanta altanería? Desde luego que no. Del mismo modo, si los hombres conocieran a Dios, no le ofenderían pecando gravemente: el conocimiento de Dios es el fundamento de una vida honesta.

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