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¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Una historia para cada día...

Niño Jesús, ¡Te amo con todo mi corazón!

Enrique IV y el Delfín.

El embajador de una gran potencia sorprendió un día a Enrique IV caminando a cuatro patas y llevando a su hijo a horcajadas. El rey, al notar el asombro del embajador, le dijo: «Mi querido embajador, sin duda me encuentras muy indigno… ¿Tiene hijos? – No, señor –respondió el embajador–. – Entonces –replicó Enrique IV– comprendo tu asombro, pues hay que ser padre él mismo para entender tanta condescendencia y ternura.»

Sólo los que no conocen la ternura paternal de Dios tienen la tentación de sonreír ante su trato amoroso con los santos y de considerarlos imposibles e indignos de Dios. Pero los que verdaderamente comprenden la bondad de Dios también entienden su ternura hacia sus hijos, es decir, las revelaciones privadas, como San Francisco de Asís, Santa Brígida, Santa Gertrudis, Santa Teresa y las famosas Ana Catalina Emmerich y Bernadita. Estas revelaciones no pretenden cambiar la religión cristiana, sino sólo llevar nuestras almas a una perfección superior.

Dios Se manifiesta con frecuencia a los hombres, pero éstos se distraen y no se dan cuenta.

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