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¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Liturgia para los domingos y las fiestas principales

Jesús cura a un hombre ciego
Quinquagesima – Jesús anuncia Su Pasión y cura a un ciego

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

Introito

Sé para mí un Dios protector y un lugar de refugio, para que me salves: porque Tú eres mi sostén, y mi seguridad: y por Tu nombre serás mi caudillo, y me nutrirás. – Salmo: En Ti, Señor, he esperado, no sea confundido para siempre: líbrame en Tu justicia, y sálvame.

 

Colecta

Suplicámoste, Señor, escuches clemente nuestros ruegos: y, libres de los lazos de los pecados, defiéndenos de toda adversidad.

Epístola

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Corintios.

Hermanos: Si hablara las lenguas de los hombres y de los Ángeles, pero no tuviera caridad, sería como un bronce sonoro, o como una campana que retiñe. Y si tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia: y si tuviera tal fe, que trasladara los montes, pero no tuviera caridad, no sería nada. Y si distribuyera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo, para ser quemado, pero no tuviera caridad, de nada me serviría. La caridad es paciente, es benigna: la caridad no es envidiosa, no obra con malicia, no se infla, no es ambiciosa, no busca sus cosas, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la iniquidad, sino que goza con la verdad: todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta. La caridad no desaparece nunca, aunque pasen las profecías, aunque cesen las lenguas, aunque se destruya la ciencia. Porque ahora conocemos sólo en parte, y en parte profetizamos; mas, cuando llegue lo perfecto, desaparecerá lo parcial. Cuando era niño, hablaba como niño, juzgaba como niño, pensaba como niño. Mas, cuando me hice hombre, abandoné las cosas de niño. Ahora vemos por espejo, en obscuridad; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad: la mayor de ellas es la caridad.

Reflexión sobre la Epístola

Elogio de la caridad. — La Iglesia nos manda leamos hoy el estupendo panegírico de la caridad escrito por San Pablo. Esta virtud, que en sí encierra el amor de Dios y del prójimo, es la luz de nuestras almas; si éstas carecen de ella, viven en tinieblas y cuanto hagan es estéril. El poder mismo de hacer milagros no es capaz de asegurar la salvación a quien no tiene Caridad; sin ella, las obras más heroicas en apariencia, no son más que un lazo más. Pidamos al Señor esta divina luz; por mucho que aquí nos lo conceda en Su bondad, nos la guarda sin medida en la eternidad. El día más espléndido de que podemos gozar en este mundo, es tiniebla espesa comparado con los resplandores eternos. La fe se eclipsará ante la realidad contemplada para siempre; la esperanza no tendrá razón de ser en cuanto entremos en posesión de lo esperado. Sólo el amor reinará y tal es el motivo de su preeminencia sobre las otras dos virtudes teologales. He aquí bien destacado el destino del hombre redimido y alumbrado por Cristo; ¿habrá, por tanto, motivo de asombrarse, deje todo el hombre para seguir a tal caudillo? Pero… cristianos bautizados en esta fe, en esta esperanza, y con primacías de este amor tan celebrado por San Pablo, se precipitan estos días en desórdenes groseros, por refinados que pretendan mostrárnoslos a veces. Se diría que pretenden los tales extinguir en sí mismos hasta el último fulgor de la luz divina, en conjura manifiesta con las tinieblas. La Caridad, si en nosotros impera, debe hacernos sensibles al ultraje que a Dios hacen, y movernos a solicitar para esos ciegos, hermanos nuestros, la misericordia del Señor.

 

Gradual

Tú eres el único Dios que hace maravillas: hiciste notorio entre las gentes Tu poder. Libraste con brazo fuerte a Tu pueblo, a los hijos de Israel y de José.

 

Tracto

Tierra toda, canta jubilosa a Dios: servid al Señor con alegría. Presentaos ante El con regocijo: sabed que el Señor es el mismo Dios. El nos hizo, y no nosotros mismos: somos Su pueblo, y las ovejas del Su pasto.

Evangelio

Continuación del santo Evangelio según San Lucas.

En aquel tiempo tomó Jesús a los Doce, y les dijo: He aquí que subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas que han sido escritas por los Profetas acerca del Hijo del hombre. Porque será entregado a los gentiles, y escarnecido, y flagelado, y escupido: y, después de flagelarle, Le matarán, y al tercer día resucitará. Y ellos no entendieron nada de esto, y estas palabras fueron para ellos un enigma, y no comprendían lo que se les decía. Y sucedió que, al acercarse a Jericó, estaba un ciego sentado junto al camino, mendigando. Y, cuando oyó a la turba que pasaba, preguntó qué era aquello. Y le dijeron que pasaba Jesús el Nazareno. Y clamó, diciendo: Jesús, Hijo de David, ten piedad de mi. Y los que iban delante, le increpaban para que callase. Pero él gritaba con más fuerza: Hijo de David, ten piedad de mí. Y, parándose Jesús, mandó que se lo trajesen. Y, habiéndose acercado, le interrogó, diciendo: ¿Qué quieres que te haga? Y él dijo: Señor, que vea. Y Jesús le dijo: Vé; tu fe te ha salvado. Y al punto vió; y Le siguió, glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios.

Reflexión sobre el Evangelio

Ceguera y luz espirituales. — La voz de Cristo anunciando Su Pasión acaba de resonar; recibieron los Apóstoles esta confidencia de su Maestro y no la entendieron. Están aún sobradamente imbuidos en los prejuicios de su pueblo en contra de los sufrimientos del Mesías, para darse cuenta cabal de la misión del Salvador; menos mal que no Le abandonaron sino que le están adictos y Le siguen. Adoremos amorosos la misericordia divina; nos ha sacado como a Abrahán del medio de un pueblo abandonado. Sigamos el ejemplo del ciego de Jericó, clamemos al Señor Se digne iluminarnos más y más: «Señor, haz que yo vea»; esta era su oración.

 

Ofertorio

Bendito eres, Señor: enséñame Tus preceptos: con mis labios he contado todos los juicios de Tu boca.

 

Secreta

Suplicámoste, Señor, hagas que esta Hostia purifique nuestros pecados y santifique los cuerpos y las almas de Tus siervos, para poder celebrar este Sacrificio.

 

Comunión

Comieron, y se sacieron, y el Señor satisfizo sus deseos: no quedaron defraudados en sus anhelos.

 

Postcomunión

Suplicámoste, oh Dios omnipotente, hagas que, los que hemos recibido estos celestiales alimentos, seamos defendidos por ellos contra toda adversidad.