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Liturgia para los domingos y las fiestas principales

Jesús predica al pueblo.

Séptimo Domingo después de Pentecostés – El buen árbol

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

Introito

Gentes todas, aplaudid: cantad a Dios con voz de exultación. – Salmo. Porque el Señor es excelso, terrible: es el Rey grande sobre toda la tierra.

Colecta. Oh Dios, cuya providencia no se engaña en sus disposiciones: suplicámoste humildemente apartes todo lo dañoso, y nos concedas cuanto pueda aprovecharnos.

Epístola

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Romanos. (VI, 19-23).

Hermanos: Lo digo humanamente, por la flaqueza de vuestra carne: que, así como pusisteis vuestros miembros al servicio de la inmundicia y de la iniquidad, para la iniquidad, así pongáis ahora vuestros miembros al servicio de la justicia, para la santificación. Porque, cuando erais siervos del pecado, estabais libres de la justicia. Y ¿qué fruto sacasteis entonces de aquellas cosas de que ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es la muerte. Pero ahora, libertados del pecado, y hechos siervos de Dios, tenéis por fruto vuestro la santificación, y por fin la vida eterna. Porque el pago del pecado es la muerte. En cambio, la gracia de Dios es la vida eterna, en Jesucristo, nuestro Señor.

Reflexión sobre la Epístola

La verdadera libertad. – La vida del bautizado, que le viene de su unión con Nuestro Señor Jesucristo por la fe, es la paz con Dios, la alegría y la libertad. Es dos veces libertad: por razón de lo que el bautismo destruye, y por razón de lo que edifica en nosotros. Para comprender esto, importa definir bien lo que es la libertad, y su contraria la servidumbre. Vivo en servidumbre cuando estoy sujeto bajo la dependencia de quien no debo; cuando el tirano ejerce en mis miembros exteriores violencia; cuando me asocia, a pesar mío, a sus obras malvadas, mientras una parte de mí, la más alta, protesta contra las bajezas que ejecuta su poder despótico. Entonces verdaderamente sí que es servidumbre.

Pero cuando vivo bajo la dependencia de quien debo; cuando el poder que se ejerce sobre mí, obra íntimamente, se dirige a la inteligencia y a la voluntad; cuando me hace trabajar con él en obras nobles y dignas; cuando me asocia al trabajo de Dios mismo, y bajo Su influencia interior, me hace colaborar en un programa de sana moralidad; cuando estoy persuadido que no sólo Dios, sino todo lo más elevado de mi alma aplaude la obra que juntos ejecutamos Dios y yo, llamadlo servidumbre si queréis, pero para mi es la suprema libertad, una liberación absoluta. Ser dócil a la inteligencia, es libertad; ser dócil a la inteligencia de Dios, es la más absoluta libertad que existe.

La Iglesia en el Gradual continúa expresando el pensamiento dominante del séptimo Domingo; invita a sus hijos a que vengan a recibir de ella la ciencia del temor del Señor: porque el temor del Señor es el principio de la Sabiduría. El Verso llama de nuevo a las naciones, herederas de Jacob, a celebrar con alegría el don de Dios.

Gradual. Venid, hijos, oídme: os enseñaré el temor del Señor. Acercaos a El, y seréis iluminados: y vuestras caras no serán confundidas. Aleluya, aleluya. Gentes todas, aplaudid: cantad a Dios con voz de exultación. Aleluya.

Evangelio

Continuación del santo Evangelio según San Mateo. (VII, 15-21).

En aquel tiempo dijo Jesús a Sus discípulos: Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero interiormente son lobos rapaces: por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen de las espinas uvas, o de los abrojos higos? Así, todo árbol bueno da buenos frutos: y todo árbol malo da malos frutos. No puede el árbol bueno dar malos frutos: ni el árbol malo puede dar buenos frutos. Todo árbol, que no dé buen fruto, será arrancado y arrojado al fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis. No todo el que Me diga: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos: sino el que haga la voluntad de Mi Padre, que está en los cielos, ése entrará en el reino de los cielos.

Reflexión sobre el Evangelio

Los discípulos de la Sabiduría. – «Los conoceréis por sus frutos», dice el Evangelio; y la historia confirma la palabra del Señor. Bajo la piel de oveja con que quieren engañar a los sencillos, los apóstoles del error exhalaban siempre un hedor letal. Sus palabras habilidosas, sus lisonjas interesadas no pueden disimular el vacío de sus obras. No tengáis nada común con ellos. Los frutos podridos e impuros de las tinieblas y los árboles de otoño y dos veces muertos que los sostienen en sus ramas secas, tendrán el fuego por herencia. Si habéis sido también vosotros anteriormente tinieblas, ahora que habéis llegado a ser luz en el Señor por el bautismo, o por el retorno de una conversión sincera, mostraos como tales: producid los frutos de la luz, en toda bondad, justicia y verdad. Sólo con esta condición podéis esperar el reino de los cielos y llamaros ya en este mundo los discípulos de esa Sabiduría del Padre que reclama para sí hoy nuestro amor.

En efecto, dice el Apóstol Santiago, como comentando el Evangelio de hoy, «¿acaso la higuera puede dar uvas, o la vid producir higos?» ¿acaso la fuente pueda dar agua amarga y dulce a la vez? y ahora, ¿quién de nosotros pretende pasar por sabio? Pruébelo que lo es, mostrando en todas sus obras y en toda su vida la dulzura de la Sabiduría. Porque hay una sabiduría amarga y engañosa, que no es de lo alto, sino terrena e infernal. La Sabiduría que viene de arriba, es primeramente casta y pura y además amiga de la paz, modesta, sin apegarse a su parecer, siempre concorde con los buenos, llena de misericordia y de frutos de buenas obras, que no juzga a los demás, ni tiene segundas intenciones. Los frutos de la justicia que produce, se siembran en la paz, en el seno de los pacíficos.