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Liturgia para los domingos y las fiestas principales

La pesca milagrosa
Cuarto Domingo después Pentecostes – La pesca milagrosa

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

Introito

El Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? El Señor es el defensor de mi vida; ¿de quién temblaré? Mis enemigos, que me atribulan, han saqueado y caído. — Salmo. Aunque se enfrenten ejércitos contra mí, no temerá mi corazón.

La Iglesia, a pesar de su confianza en la ayuda de Dios para los días malos, pide siempre la paz del mundo al Dios altísimo. Si, a la vista del combate, la Esposa salta de gozo al poder probar su amor, la Madre teme por sus hijos, muchos de los cuales se hubieran salvado viviendo una vida tranquila, y van a perecer en el combate.

Colecta

Suplicámoste, Señor, hagas que el mundo siga, por orden Tuya, un curso pacífico para nosotros; y que Tu Iglesia se alegre con tranquila devoción. Por nuestro Señor.

Epístola

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Romanos. (VIII, 18-23)

Hermanos: Creo que las penas de este tiempo no son comparables con la futura gloria que se revelará en nosotros. En efecto, el anhelo de las criaturas espera la revelación de los hijos de Dios. Porque las criaturas están sujetas a la vanidad, no de grado, sino por causa de aquel que las sometió con la esperanza: pues también las mismas criaturas serán redimidas de la esclavitud de la corrupción, y alcanzarán la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Porque sabemos que todas las criaturas gimen y están como de parto hasta ahora. Y no sólo ellas, sino también nosotros, que tenemos las primicias del espíritu, gemimos dentro de nosotros, esperando la adopción de los hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo: en Jesucristo, nuestro Señor.

Réflexion sobre la Epístola

La gloria eterna. – No hay comparación entre los padecimientos temporales y la gloria eterna. De esta gloria, tan sólo queda en perspectiva la manifestación, pues su realidad ya está constituida desde ahora y no hace más que aumentar en nuestros corazones de día en día. El archivo de nuestra virtud es nuestra propia alma. Nuestras obras quedan inscritas en él en forma de merecimiento y a manera de título interno a la posesión de Dios. Cuando venga la hora de la recompensa, no nos vendrá nuestra gloria del exterior, sino de nuestra propia alma, como manifestación de lo que la gracia de Dios ha creado en ella silenciosamente, mediante nuestra fidelidad.

La creación entera espera con ansiedad ardiente y con deseo apasionado la hora de esta revelación. La creación material no permanece indiferente. A los elegidos se presta con gozo; en cambio, se indigna de tener que servir a las obras de los impíos; esto es para ella una servidumbre, una humillación, contra la cual protesta, y ella, criatura de Dios, gustosamente se sustraería a la corrupción que confisca y descamina sus energías hacia fines perversos. Invoca el día en que ha de manifestarse la gloria de los hijos de Dios, porque ese día será para ella también el día de la liberación y glorificación.

El Gradual hace subir hasta Dios la voz de los cristianos que pecan con tanta frecuencia y que, sintiéndose indignos de recibir ayuda, imploran, sin embargo, Su intercesión por Su propia gloria; porque no son menos soldados del Dios de los ejércitos, y su causa es la Suya. El Verso aleluyático nos muestra a la Iglesia, pobre y perseguida aquí abajo, dirigiendo su oración confiada hacia el trono de justicia de su Esposo.

Gradual

Sé propicio, Señor, con nuestros pecados: para que nunca digan las gentes: ¿Donde está su Dios? Ayúdanos, oh Dios, Salvador nuestro: y, por el honor de Tu nombre, líbranos, Señor. Aleluya, aleluya. Oh Dios, que Te sientas sobre el trono, y juzgas con equidad: sé el refugio de los pobres en la tribulación. Aleluya.

Evangelio

Continuación del santo Evangelio según San Lucas (V, 1-11).

En aquel tiempo, las turbas irrumpieron sobre Jesús, para oír la palabra de Dios. Y El estaba junto al lago de Genesaret. Y vió dos naves, que estaban cerca del lago: y los pescadores habían bajado, y lavaban las redes. Y, subiendo a una de las naves, que era de Simón, rogó a éste que la apartara un poco de tierra. Y, sentándose, enseñó desde la nave a las turbas. Y, cuando cesó de hablar, dijo a Simón: Entra más adentro, y lanzad vuestras redes para pescar. Y, respondiendo Simón, Le dijo: Maestro, hemos estado trabajando toda la noche, y no hemos pescado nada; pero, en Tu palabra, lanzaré la red. Y, habiendo hecho esto, pescaron una gran cantidad de peces: y se rompía su red. E hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra nave, para que vinieran y los ayudaran. Y vinieron, y llenaron las dos naves de tal modo, que casi se sumergían. Viendo lo cual Simón Pedro, se arrojó a las rodillas de Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador. Porque el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él, por causa de la pesca de los peces que habían capturado: y también de Santiago y de Juan hijos del Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y dijo Jesús a Simón: No temas: desde hoy serás ya pescador de hombres! Y, conducidas a tierra las naves, dejándolo todo, Le siguieron a El.

Reflexión sobre el Evangelio

Las dos pescas milagrosas. – Los Evangelistas nos han conservado el recuerdo de dos pescas milagrosas hechas por los Apóstoles en presencia de su Maestro: la una la descrita por San Lucas, y que acaba de recordársenos; la otra aquella cuyo profundo simbolismo nos invitaba a escrutar el discípulo amado, el Miércoles dé Pascua. En la primera, que se remonta a la vida mortal del Salvador, la red, lanzada al azar, se rompe por la multitud de peces cogidos, sin que el evangelista señale su número, ni otras cualidades; en la segunda, el Señor resucitado señala a Sus discípulos la derecha de la barca y sin romperse la red, ciento cincuenta y tres peces gruesos llegan a la orilla en que los aguarda Jesús. Ahora bien los Padres, todos de común acuerdo, explican estas dos pescas como figura de la Iglesia: la Iglesia en el tiempo primero, y más tarde en la eternidad. Ahora la Iglesia es multitud; reúne a todos, sin contar los buenos y malos; después de la Resurreción, sólo los buenos formarán la Iglesia, y su número será prefijado y señalado para siempre. «El reino de los cielos, dice el Salvador, es semejante a una red lanzada al mar, rebosante de peces de todas las clases; cuando está llena se la retira para elegir los buenos y tirar los malos».