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Domingo 21 después de Pentecostés - Parábola del deudor despiadado

El deudor despiadado
«Siervo malvado, te perdoné toda tu deuda, porque me lo pediste; ¿no debías, pues, tener también misericordia de tu consiervo, como yo mismo tuve misericordia de ti?»

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Oh Señor, Os rogamos que guardéis a Vuestra familia por efecto de una bondad continua, para que bajo Vuestra protección estén seguros de toda adversidad y confiesen Vuestro nombre con buenas obras. Por Jesucristo Nuestro Señor.

Epístola

Lectura de la Epístola del Beato Pablo, Apóstol, a los Efesios. Capítulo 6

Hermanos, sed fuertes en el Señor y en Su poder omnipotente. Vestíos de la armadura de Dios, para que podáis resistir las asechanzas del diablo; porque no tenemos que contender con hombres de carne y hueso, sino con príncipes y potestades, con los gobernantes de este mundo tenebroso, con los espíritus de maldad que están en el aire. Tomad, pues, la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y seáis perfectos en todo. Estad, pues, firmes, ceñidos los lomos en la verdad, vestidos con la coraza de la justicia, y calzados los pies con el camino del evangelio de la paz, teniendo siempre el escudo de la fe, con el que podéis apagar todos los dardos del espíritu maligno; y tomad el yelmo de la salvación, y la espada espiritual que es la palabra de Dios.

Reflexión sobre la Epístola

Por su docilidad infantil, el justo camina en paz en la sencillez del Evangelio. Mejor que un escudo, mejor que un yelmo y una coraza, la fe lo cubre contra los peligros; embota los golpes de las pasiones, y hace impotentes las asechanzas del enemigo. No hacen falta razonamientos sutiles ni largas consideraciones para descubrir los sofismas del infierno o para tomar una decisión en uno u otro sentido; ¿no basta, en toda circunstancia, con la palabra de Dios que nunca falta? Satanás teme a los que se conforman. Teme a un hombre así más que a todas las academias y escuelas de filósofos; está acostumbrado, en cada encuentro, a sentirse aplastado bajo sus pies con mayor rapidez que la del rayo. Así, el día de la gran batalla, fue arrojado de los cielos por una sola palabra de Miguel Arcángel, que, como hemos dicho, se ha convertido en nuestro modelo y defensor en estos días

 

Gradual

Señor, Os habéis convertido en nuestro refugio de generación en generación. – Antes de que se formaran las montañas o la tierra y el universo, desde toda la eternidad sois Dios.  Aleluya, aleluya.

Evangelio

El Santo Evangelio según San Mateo. Capítulo 18.

En aquel tiempo, Jesús contó a Sus discípulos esta parábola: El reino de los cielos es semejante a un rey que quiso dar cuenta a sus siervos. Y cuando había empezado a hacerlo, le trajeron a uno que le debía diez mil talentos. Y como no tenía suficiente para pagar, su amo ordenó que lo vendieran, con su mujer e hijos y todo lo que tenía, para pagar su deuda. Pero aquel siervo, arrojándose a sus pies, le rogó diciendo: «Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo». Entonces el amo, compadeciéndose de aquel siervo, lo despidió y le perdonó la deuda. Pero aquel siervo salió y encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios, y agarrándolo lo estranguló diciendo: «Devuelve lo que debes». Y su compañero, arrojándose a sus pies, le rogó diciendo: «Ten paciencia conmigo y te pagaré todo». Pero el otro no quiso escucharle y, marchándose, le metió en la cárcel hasta que pagara su deuda. Y cuando los criados de sus compañeros vieron lo que se había hecho, se entristecieron mucho, y vinieron a contarle a su amo todo lo que había pasado. Entonces su amo, llamándole, le dijo: «Siervo malvado, te perdoné toda tu deuda, porque me lo pediste; ¿no debías, pues, tener también misericordia de tu consiervo, como yo mismo tuve misericordia de ti?» Y el furioso amo lo entregó a los verdugos, hasta que pagó toda su deuda. Lo mismo hará mi Padre celestial con vosotros, si no perdonáis de corazón a cada uno de vuestros hermanos.


Reflexión sobre el Evangelio

Todos somos, si lo tomamos bien, ese siervo negligente, un deudor insolvente, al que su amo tiene derecho a vender con todo lo que posee y entregar a los verdugos. La deuda contraída por nuestras faltas hacia la Majestad soberana es de tal naturaleza que requiere, en toda justicia, tormentos interminables, y supone un infierno eterno donde, pagando incesantemente, el hombre no paga sin embargo. Alabado sea, pues, e infinita gratitud al divino Acreedor: conmovido por las plegarias del desdichado que le ruega que le dé tiempo para pagar, va más allá de su petición y le perdona inmediatamente toda su deuda. Pero es con la condición de que el siervo, como aclara el resto del texto, y la cláusula es justa, lo use con sus compañeros como su amo lo había hecho con él. Habiendo sido tan respondido por su Señor y Rey, y habiendo sido liberado de una deuda infinita, ¿podría rechazar, viniendo de un igual, la misma oración que lo salvó, y ser despiadado con las obligaciones contraídas hacia él?

«Todo hombre», dice San Agustín, «tiene a su hermano como deudor; pues ¿qué hombre hay que no haya sido ofendido nunca por nadie? Pero, ¿qué hombre hay que no esté en deuda con Dios, ya que todos han pecado? Por tanto, el hombre es a la vez deudor de Dios y acreedor de su hermano. Por eso, el Dios justo ha establecido esta regla para ti, para que trates a tu deudor como lo hace con su… Todos los días rezamos, todos los días hacemos la misma súplica a los oídos divinos, todos los días nos inclinamos y decimos: Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. ¿De qué deudas hablas? ¿De todas tus deudas o sólo de algunas? Usted dirá: “Todos ellos.” Así que perdona a tu deudor todo tú mismo, ya que esta es la regla establecida, la condición aceptada».

«Es más grande», dice San Juan Crisóstomo, «remitir al prójimo sus agravios contra nosotros que una deuda de dinero; porque al remitirle sus pecados imitamos a Dios.» ¿Y qué es, después de todo, el mal del hombre hacia el hombre, comparado con la ofensa del hombre hacia Dios? Pero, por desgracia, esto último nos resulta familiar, llena nuestros días. Que la seguridad de ser perdonados cada noche con la única condición de renegar de nuestras miserias nos haga al menos accesibles a la misericordia para los demás. Pero si sentimos la feliz necesidad de encontrar al final de nuestros días, en el corazón del Padre que está en los cielos, nada más que el olvido de nuestras faltas y una ternura infinita, ¿cómo podemos pretender al mismo tiempo guardar en nuestro propio corazón recuerdos desagradables o rencores, pequeños o grandes, contra nuestros hermanos que también son sus hijos? Aunque hayamos sido objeto de violencias injustas o de insultos atroces por parte de ellos, ¿acaso sus faltas contra nosotros serán iguales a nuestros ataques contra este Dios buenísimo del que hemos nacido enemigos, cuya muerte hemos provocado? No hay, pues, ninguna circunstancia en la que no se aplique la regla del Apóstol: Sed misericordiosos unos con otros y perdonaos como Dios os perdonó en Cristo; sed imitadores de Dios como sus hijos más queridos. ¡Llamas a Dios tu Padre, y recuerdas un insulto! La obra de un hijo de Dios es perdonar a sus enemigos, rezar por los que le crucifican, derramar su sangre por los que le odian», dice admirablemente San Juan Crisóstomo. «Esto es digno de un hijo de Dios; los enemigos, los ingratos, los ladrones, los insolentes, los traidores, ¡hacerlos sus hermanos y coherederos!»

Rica en tesoros espirituales que reconfortan el corazón y elevan el alma.

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