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Liturgia para los domingos y las fiestas principales

Fiesta de la Santísima Trinidad

Reflexión sobre la liturgia del día – de L’Année Liturgique, de Dom Prosper Guéranger

Vimos a los Apóstoles el día de Pentecostés, recibir al Espíritu Santo, y, fieles al mandato del Maestro, partir cuanto antes a enseñar a todas las naciones y a bautizar a los hombres en nombre de la Santísima Trinidad. Era natural que la solemnidad cuyo objeto es honrar a Dios uno en tres Personas, siguiese inmediata a la de Pentecostés, con quien se une por misterioso lazo. Sin embargo, hasta después de muchos siglos no fué admitida en el Año Litúrgico, que va completándose en el curso de los tiempos.

Todos los homenajes que la Liturgia rinde a Dios, tienen por objeto a la Santísima Trinidad. Los tiempos son tan Suyos como la eternidad; Ella es el término de toda nuestra religión. Cada día, cada hora La pertenecen.

Oremos

Bendita sea la Santa Trinidad y la indivisible Unidad: alabémosla, porque ha obrado con nosotros Su misericordia.

Omnipotente y sempiterno Dios, que diste a Tus siervos la gracia de conocer, en la confesión de la verdadera fe, la gloria de la eterna Trinidad, y de adorar la Unidad en la potencia de Tu Majestad: suplicámoste hagas que con la firmeza de la misma fe, seamos protegidos siempre contra toda adversidad. Por nuestro Señor.

Epístola

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Romanos (XI, 33-36).

¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios: cuán incomprensibles son Sus juicios, y cuán impenetrables Sus caminos! Porque, ¿quién ha conocido el secreto de Dios? o ¿quién ha sido Su consejero? o ¿quién Le dió primero a El para que se le retribuya? Porque de El, y por El y en El existe todo: a El la gloria por los siglos. Amén.

Evangelio

Continuación del Santo Evangelio según San Mateo (XXVIII, 18-20).

En aquel tiempo dijo Jesús a Sus discípulos: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: enseñándolas a observar todo cuanto os he mandado. Y he aquí que Yo estoy con vosotros hasta la consumación del mundo.

Reflexión sobre el Evangelio

La fe en la Trinidad. — El misterio de la Santísima Trinidad, manifestado por la misión del Hijo de Dios a este mundo y por la promesa del advenimiento próximo del Espíritu Santo, se intima a los hombres por estas solemnes palabras que Jesús pronunció antes de subir al cielo. Dijo: “El que creyere y se bautizare, será salvo”, pero añade que el bautismo será administrado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Es preciso que en adelante el hombre confiese no sólo la unidad de Dios, abjurando el politeísmo, sino que adore a la Trinidad de personas en la unidad de la esencia. El gran secreto del cielo es una verdad divulgada ahora por toda la tierra.

Acción de gracias. — Pero si confesamos humildemente a Dios conocido tal cual es en Sí, debemos también rendir homenaje con eterno reconocimiento a la gloriosa Trinidad. No sólo Se dignó imprimir Sus rasgos divinos en nuestra alma, haciéndola a Su semejanza; sino que, en el orden sobrenatural, Se apoderó de nuestro ser y lo elevó a una grandeza inconmensurable: El Padre nos adoptó en Su Hijo encarnado; el Verbo ilumina nuestra inteligencia con Su luz; el Espíritu Santo nos escogió para morada Suya: es lo que indica la forma del bautismo. Por estas palabras pronunciadas sobre nosotros con la infusión del agua, toda la Trinidad tomó posesión de Su creatura. Recordamos esta maravilla cada vez que invocamos a las tres divinas personas al hacer sobre nosotros la señal de la cruz. Cuando nuestros despojos mortales sean llevados a la casa de Dios para recibir allí las últimas bendiciones y el adiós de la Iglesia de la tierra, el sacerdote pedirá al Señor que no entre en juicio con Su siervo; y para atraer sobre este cristiano, entrado ya en su eternidad, las miradas de la misericordia divina, recordará al supremo Juez que este miembro de la raza humana “estuvo marcado durante su vida con el sello de la Santísima Trinidad.” Veneremos en nosotros esta augusta imagen; que será eterna. La misma reprobación no la borrará. Sea ella nuestra esperanza, nuestro mejor título, y vivamos para gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.