Busqueda
Generic filters

Si no encuentra lo que busca,
puede enviar un correo electrónico:
apotres@magnificat.ca

Magnificat!

¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Una historia para cada día...

La Sagrada Familia en oración

La fe, el apoyo de los mártires

San Sinforiano tuvo por padre a Fausto, uno de los hombres más distinguidos de la ciudad de Autun, y que aún tenía la desgracia de estar apegado al culto de los ídolos. Sin que su esposo lo supiera, la madre, que era una ferviente cristiana, había educado a su hijo en los principios de la verdadera religión. Esto ocurrió en la época de las persecuciones, hacia finales del siglo II. En aquellos tiempos de sangrienta memoria, declararse firmemente por la religión de Jesucristo, hablar con desprecio de las ceremonias paganas, era correr al martirio. Sinforiano, un joven de alma noble y sincera, no pudo evitar un día ver una gran procesión que acompañaba a la estatua de Cibeles, llevada en un carro pomposamente adornado, y fue instado a adorar la estatua como los demás; pero fue en vano.Por lo tanto, al ser arrestado como sedicioso e impío, el juez lo hizo golpear y meter en la cárcel. Tras varios interrogatorios, siempre seguidos de inauditos tormentos, se dictó finalmente su sentencia de muerte. Mientras lo conducían al lugar de ejecución fuera de la ciudad, su madre, temiendo que no completara su glorioso sacrificio, le gritó desde las murallas: «Hijo mío, acuérdate del Dios vivo; ármate de firmeza y fuerza; levanta tu corazón y mira hacia el que reina en el cielo. No te quitan la vida; sólo la cambian por una mejor; te llevan a una felicidad eterna. El camino es estrecho y difícil, pero es corto». El santo mártir, animado por este fogoso discurso, pero mucho más fuertemente animado por el sentimiento de esperanza que vivía en su interior, coronó su sacrificio con gran valor y alegría. Fue a recibir de Dios en el cielo bienes y honores imperecederos, como premio a su constante fidelidad en la creencia y la esperanza en Aquel que siempre es fiel a Su palabra.

Otras historias...