Busqueda
Generic filters

Si no encuentra lo que busca,
puede enviar un correo electrónico:
apotres@magnificat.ca

Magníficat!

¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Una historia para cada día...

Sagrada Familia

El niño obediente.

Algunos de los niños habían planeado hacer un viaje en canoa. «Uno de ellos dijo: «Necesito el permiso de mi madre primero, porque le prometí que nunca iría en una canoa sin su permiso. Los demás se rieron de él y le llamaron cobarde. «Al contrario», respondió, «sería un cobarde si por tus burlas me dejara empujar a la desobediencia».

Lo mismo ocurre con los mártires. En apariencia, son derrotados porque perdieron la vida cuando podían haberla salvado pisoteando la ley de Dios; en realidad, son héroes y, por tanto, vencedores, que llevan con razón la palma del triunfo.

Los 40 coronados.

El Doctor de la Iglesia, San Basilio (330-378), nos cuenta la siguiente historia de Asia Menor. Licinio, lugarteniente de Constantino el Grande, persiguió a los cristianos y los obligó, bajo pena de muerte, a sacrificar a los ídolos. Alrededor del año 320, la duodécima legión, la fulminante, estaba de guarnición en Sebaste, en Armenia, y se le ordenó asistir a los sacrificios. Inmediatamente cuarenta oficiales salieron de las filas y declararon al tribuno que comandaba la legión que no violarían su juramento a Dios más que su juramento al emperador. Era pleno invierno, y el tribuno ordenó que estos oficiales fueran despojados de sus ropas y expuestos, en el intenso frío que reinaba, a un estanque congelado. En las orillas hizo preparar un baño caliente para los que, vencidos por el sufrimiento, acabarían sacrificando a los ídolos. Los valientes guerreros esperaban, cantando himnos, que la muerte llegara y los librara de sus tormentos, cuando uno de los soldados que montaba guardia junto al estanque vio descender del firmamento cuarenta brillantes coronas sobre las cabezas de los mártires, excepto una que quedó suspendida sin destino. Mientras el soldado reflexionaba sobre esta asombrosa aparición, aquel sobre cuya cabeza no había descendido ninguna corona, salió del estanque para sumergirse en el baño caliente, donde le sobrevino una apoplejía y murió al instante. Este soldado se declaró inmediatamente cristiano; despojado de sus ropas, fue asociado al sufrimiento y a la muerte de los otros 39 mártires, que fueron sacados del agua y quemados, la mayoría de ellos aún vivos, en una pira.

Las coronas que bajaron del cielo indicaban la victoria de los 40 mártires, pues la corona es el signo y la recompensa del triunfo.

Otras historias...