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Una historia para cada día...

Sagrada Familia

Un viajero al que se le impidió partir hacia América.

El transatlántico Hortensia se encuentra (1833) en el puerto de Hamburgo listo para zarpar hacia América. Como aún quedaba tiempo, uno de los emigrantes salió a pasear por el parque, donde le llamó la atención una flor que le gustó mucho. Se subió al césped y lo recogió, pero un guardia lo vio y lo llevó a la comisaría. A pesar de sus súplicas y ofertas para pagar la multa, se le retuvo, y aun así el Hydrangea zarpó. Al cabo de unos días, se supo que había naufragado, y el emigrante dio gracias a Dios por el contratiempo que le había impedido partir.

El mundo atribuye estos acontecimientos al azar; el cristiano ve en ellos la intervención de la Providencia. A menudo, Dios nos envía pequeñas desgracias para evitarnos otras mayores. Pensemos en esto en nuestra desgracia.

¿A quién hay que complacer más?

Las torres de la Cúpula de Colonia estaban casi terminadas, y algunos curiosos obtuvieron permiso para subir a los andamios y ver el estado de las obras. Expresaron su asombro por el acabado de las figuras y los ornamentos. ¿Por qué –dijo uno de ellos– gastar tanto esfuerzo y arte en esta ornamentación? Que se baje, así sea, porque se ve y se admira, mientras que aquí nadie se fija». Un escultor, que llevaba veinticinco años trabajando en el campanario, le escuchó y le contestó: «¡Perdón, señor! si los hombres no lo ven, Dios lo ve desde el cielo».

Lo mismo ocurre con muchos de nuestros actos de virtud, como la oración, el ayuno o la limosna. Los hombres no los ven ni los estiman, pero hay uno que los ve y los recompensará: es el Padre Celestial. El recuerdo de la omnisciencia de Dios es, pues, un estímulo enérgico para la realización de las buenas obras.

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