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Una historia para cada día...

Sagrada Familia - Jesús María José

La muerte de un obispo sordo y ciego.

Un anciano obispo había perdido casi por completo el oído y la vista. Un sacerdote que fue a verlo durante su última enfermedad, admiró su paciencia y resignación en todos sus sufrimientos. El obispo le contestó que conocía una pequeña y hermosa oración que le aliviaba mucho por la gracia de la paciencia. Como el sacerdote tenía curiosidad por conocer esta maravillosa oración, el obispo le dijo: «Yo repito todos los días: Jesús mío estoy casi ciego, hágase Tu santa voluntad; Jesús mío estoy casi sordo, hágase Tu santa voluntad; Jesús mío ya no puedo cumplir mis deberes, hágase Tu santa voluntad.» Luego añadió con una sonrisa: «Cuando un día tengas mucho que sufrir haz lo mismo, y verás que esta oración te ayudará».

El niño que no quiere ser castigado.

Un sacerdote fue llamado una vez a la cabecera de un padre que no tenía ninguna paciencia, y tuvo una dificultad increíble para conseguir que aceptara sus sufrimientos con resignación. Al final de su fuerza le dijo: «¿Te complace castigar a tus hijos?». Respondió que no. «Bueno», dijo el sacerdote, «tampoco Dios se deleita en castigar a los hombres. Pero digan, ¿no los corrigen más severamente cuando sus hijos se enojan?» El enfermo aceptó que así fuera, y el sacerdote continuó: «Dios hace lo mismo. Cuando el hombre lucha contra los males que Él le envía, lo abruma con mayores desgracias». Nuestro hombre comprendió que estaba empeorando su sufrimiento con su impaciencia y dejó de murmurar contra Dios.

San Ignacio en la tormenta.

San Ignacio de Loyola se había embarcado hacia Roma cuando se desató una terrible tormenta. Un vendaval rompió el palo mayor y las olas barrieron la cubierta, poniendo en peligro el barco. Todos los pasajeros fueron presa del miedo y esperaban la muerte, mientras que San Ignacio mantuvo la compostura. ¿De dónde viene esto? El Santo se había acostumbrado a encomendarse a la divina providencia y a resignarse completamente a la voluntad de Dios. De este modo, mantenía una completa tranquilidad en cualquier circunstancia.

El hombre que se somete a la voluntad de Dios es como una brújula que siempre tiende hacia el polo, por mucho que se agite. En todos los sufrimientos sólo tiene en cuenta a Dios y así conserva la paz interior.

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