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Notre Dame du Laus

La fidelidad de los famosos artistas Haydn y Mozart al rezo del rosario

Haydn y Mozart eran cristianos sinceros. Uno encuentra tanto en sus vidas como en su música ese orden, esa nobleza, esa dulzura y esa pureza que hacen la verdadera música religiosa. El gran Haydn no temía revelar lo que consideraba el principal secreto de su inspiración, siempre serena y feliz. Cuando sentía que se enfriaba o se detenía ante dificultades insuperables, se levantaba del piano, rezaba su rosario y recibía inmediatamente de la oración el regalo que quería hacer a Dios. A la cabeza de todas sus partituras escribió: In nomine Domini, y al final de cada una: Laus Deo.

Mozart, el Rafael de la música, maravilloso desde la infancia y muerto en un pináculo incomparable de obras maestras, cuando apenas había alcanzado la madurez de la juventud; Mozart, soportando la triple carga de las humillaciones, la pobreza y el genio, en Salzburgo, bajo la tiranía de un burdo mecenas; en París, en la sociedad de Grimm; en Viena, en las seducciones del éxito, no dejó ni un momento, a través de sus tristezas y alegrías, de ser humilde y fervientemente católico. Rezaba, comulgaba y rezaba el rosario. Tras el éxito de su sinfonía en el concierto espiritual de la Ópera, rezó el rosario en agradecimiento. Compuso una misa exvoto por la feliz liberación de su esposa embarazada; escribió a su padre: «Como la muerte, si la consideramos bien, es la meta de nuestra vida, desde hace varios años me he familiarizado tanto con este verdadero amigo del hombre, que su imagen, lejos de ser espantosa para mí, ¡no tiene más que dulzura y consuelo! Doy gracias a mi Dios por haberme concedido la gracia de conocer la muerte como la llave de nuestra verdadera beatitud. Nunca me acuesto sin pensar que, joven como soy, puedo no volver a levantarme al día siguiente; y, sin embargo, nadie que me conozca podrá decir que en el hábito de la vida estoy malhumorado o triste; doy gracias, cada día, a mi Creador por esta felicidad, y la deseo de todo corazón a todos los hombres, mis hermanos.»

El día siguiente, que Mozart esperaba con tanto coraje varonil, no tardó en llegar, y lo encontró tan grande de alma y de fe como de genio. Mozart dejó la vida como un teólogo y un filósofo, sonriendo a Dios y sin dignarse a dar al mundo un momento de arrepentimiento. «Quiero que me veas morir», le dijo a su cuñada, encargándole que mantuviera y consolara a su esposa y a sus seis hijos. Tal era el hombre del que aún puede decirse lo que Haydn, su inmortal amigo, dijo: «Declaro ante Dios y como hombre honesto, que considero a Wolfgang Mozart el más grande compositor que jamás se ha conocido».

(Padre Huguet)

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