Busqueda
Generic filters

Si no encuentra lo que busca,
puede enviar un correo electrónico:
apotres@magnificat.ca

Magnificat!

¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Una historia para cada día...

Notre Dame du Laus

El Rosario de un estudiante de la Escuela Politécnica

En nuestras escuelas, tal vez más que en ninguna otra parte, reina esa deplorable influencia del respeto humano, ese prejuicio pueril y odioso que, por una extraña inversión del sentido común, se atreve a poner en ridículo la práctica de los deberes más sagrados.

En esta atmósfera perniciosa de una escuela militar, en este ambiente de indiferencia, cuando no de hostilidad, se necesita no poca fortaleza para mantener intacto el tesoro de la fe. Hace falta un valor casi heroico para atreverse, en ocasiones, a pesar del respeto humano, a confesar con valentía la propia creencia. Uno que, en el fondo de su corazón, sigue respetando la verdad, y no la negaría, ciertamente, ante los verdugos, palidece ante la mera idea de enfrentarse, para defenderla, a la burla de sus camaradas. He aquí un ejemplo de una singular intrepidez, en circunstancias que aún elevan su mérito.

El suceso que relatamos tuvo lugar en la Escuela Politécnica de Saint-Cyr, a principios del siglo XIX. Un día, a la hora del recreo, cuando la mayoría de los jóvenes estaban reunidos en una de las salas a causa del mal tiempo, un estudiante entró de repente con un aire de singular hilaridad y, subiéndose a una silla, con un gesto exigió silencio. Inmediatamente formaron un círculo para prestar atención a su movimiento.

«Señores, dijo, es bueno divertirse a veces, de lo contrario uno se vuelve estúpido por el abuso de los números; para los que son de esta opinión, puedo ofrecerles una buena oportunidad, una verdadera bendición. He hecho un hallazgo, pero un hallazgo extraño, inaudito, fabuloso, y tal que te lo daría en cientos, en miles, en decenas de miles, que no adivinarías el objeto, a no ser que fuera el que lo perdió, si es posible que esté entre los alumnos de la Escuela. Pero preferiría creer que pertenecía a un habitante de la luna que a cualquiera de ustedes. Veamos, imagina lo que recogí en uno de los pasillos.

– ¡Un billete!

– Bueno, su hallazgo es… una peluca.

– Ponte la peluca.

– No, una receta para hacer venir los melones.

– Vienen suficientes por sí solos.

– ¿Una carta de la verdad?

– ¿Un programa del Ayuntamiento?

– Señores, nada de política, por favor; ¡las paredes tienen oídos! Además, estamos en el recreo… para el recreo.

– ¿Un kazoo?

– ¿Una tabaquera?

– ¿Una pipa?

– ¿Brandy?

– ¡Ah, bonito, bonito! Cuélgate, Odry.

– No, nada de eso.

– Lo tengo: un plan para una tragedia.

– ¿Una oda a la primavera?

– ¿En verso latino?

– Ya no hay primavera.

– ¿Las Noches de Young, traducidas del sajón por el difunto Hombre Durmiente?

– ¿Una bellota del roble de Dodona?

– ¿El ojo falso de Aníbal?

– ¿Un autógrafo de Robinson Crusoe?

– Señores, si alguien se burla de mí, me bajaré del trípode.

– Bah!, dijo un alumno, sois muy ingenuos al poner vuestros cerebros al revés. No veis que el tipo, en estilo estudio, nos hace posar. ¡Para mí, estoy seguro, ¡nada en las manos, nada en los bolsillos! y lo desafiaría!

– Ah! dijo el otro, no tengo nada que mostrar?

– ¿Apostamos por él?

– Sí, un azúcar de cebada en la próxima salida.

– Acepto, pero con la condición de que yo mismo pida el susodicho palo, y que tenga un kilómetro de largo y un diámetro acorde.

– Tope! pero te comprometerás a probarlo todo para ti, y todo entero, dentro de un día.

– Gracias, no soy Gargantúa. ¡Al diablo con la apuesta! ¡Pero veo que mis compañeros están perdiendo la paciencia! Vamos, señores, hagan lo que dice Mme. de Sevigne, tiren la lengua a los peones… al estilo universitario. Muestro el objeto. Aquí, señores y señoras, digo señoras en aras de la eufonía; aquí está mi hallazgo».

Y levantando la mano, mostró, ante el asombro general, un ¡Rosario!

«¡Un rosario! ¡un rosario!, exclamaron todos; ¡un rosario!

– ¡Qué gracioso!

– ¡No puede ser!

– Es lo último que se me habría ocurrido.

– ¿A quién se le ocurriría tener este amuleto en el bolsillo?

– Por supuesto, no fue un estudiante quien lo perdió. Sin embargo, no veo a ningún vieja devota aquí para dejar la cosa.

– El hermoso uso del tiempo, en lugar de estudiar a Laplace o Jomini.

– ¿Alguno de nosotros, por casualidad, reza sus oraciones?

– ¿Va a misa?

– ¿A confesarse?

– ¡No soy yo!

– ¡No soy yo!

– ¡Ni yo! ¡No tan fanático!

– ¡Estúpido!

– La rima es rica.

– Apuesto a que el rosario no encontrará a su dueño; aquel a quien pertenece, si es que pertenece a alguien, no será tan tonto como para reclamarlo.

– Ciertamente.

– El pobre frater, ¡qué mordacidad a su costa!

– ¡El ignorante! sobre él desde la mañana hasta la noche qué lluvia de bromas, de buenas palabras… asquerosas.

– Ya ven, señores –dijo el hombre que sostenía el rosario–, ya ven que no estaba imponiendo. Es un hallazgo original, ¿no? ¡Un rosario! y vale mucho a los ojos de un aficionado. Las cuentas son de cornalina y están montadas en plata. El objeto, estoy seguro, viene de Italia, y mi abuela, que es una buena devota, me pagaría mucho por este regalo. Vamos, una, dos, ¿alguien lo reclama?

– ¿Vaya a ver si vienen?

– ¿Se atrevería uno?»

En este punto, un alumno que había estado de pie ante una mesa cargada de dibujos y libros, durante algunos momentos había levantado la cabeza y, con los brazos cruzados, tranquilamente, pero a veces con una sonrisa indefinible, contemplaba esta extraña escena. En su noble rostro, en su alta frente, en el aire de su mirada, a la vez audaz y serena, irradiaba inteligencia. Y estas apariencias externas no engañaban. Entre los estudiantes de élite, Enrique brillaba en el primer rango, si es que ni siquiera era el primero. Añadamos que la amabilidad de su carácter le había ganado la amistad de la mayoría, así como la estima de todos por su sólida ciencia.

– Decididamente, el rosario no es de nadie, gritó de nuevo el estudiante que hacía de subastador. Vamos, repito, una, dos…»

En ese momento Enrique, que había avanzado a través del círculo de curiosos, extendió la mano y, con aire tranquilo, pero con acento firme, sin rubor ni debilidad, en medio de un inmenso asombro, dijo:

«Este rosario es mío; camarada, por favor, devuélvemelo.

– ¡A ti! ¡A ti! ¡Por lo menos!

– ¡A él! ¡Vamos!

– ¡No puede ser!

– Bueno, continuó la broma; nuestro hombre serio es un hombre de ingenio, como sabemos.

– No bromeo, sobre todo en estos temas –dijo Enrique, que no se desconcertó por la sonrisa burlona de algunos y el aire apenado de otros que parecían compadecerse de él–; sí, señores, ¡este rosario me pertenece y lo reclamo! Me viene de mi madre moribunda, moribunda, ¿oyes? a la que prometí guardarlo siempre, siendo fiel a mis convicciones. Señores, hace un momento, aquí, oí hablar de las cosas santísimas con una ligereza que sólo se explica por la profunda ignorancia que es demasiado común, por desgracia, en estas materias, las únicas que desdeñamos estudiar; oí preguntar con acento de burla si alguno de nosotros iba a misa? No sé lo que hacen los demás, pero en lo que a mí respecta, Dios no permita que deje de hacerlo, y mi primera visita del domingo es a la iglesia. No me detengo ahí. Sí, señores, soy un hombre religioso a ejemplo de Vauban, nuestro ilustre maestro, a ejemplo de Turenne, Condé, Villars, esos valientes, a ejemplo de Fénelon, Bossuet y tantos otros grandes hombres. Me considero allí en buena y gloriosa compañía como para sacar honor de ello, lejos de tener que ruborizarme».

Esta firme declaración de principios tan sólidamente razonada causó impresión. Muchos de los que habían flotado vacilantes, sin saber si aprobar o burlarse, otros que ya empezaban a mofarse, se encogieron ante este audaz jinete. La mayoría, jóvenes inteligentes y generosos, admirados por el valor de Enrique, aplaudieron y extendieron sus manos en señal de estima al valiente atleta cristiano.

El que había encontrado el rosario, se adelantó, uno de los primeros:

Le dijo a Enrique: «¿No estás enfadado conmigo?

– No puedo evitar sentir que has actuado un poco…

– No tema decir que he actuado como un imbécil, pues ahora veo que me equivoqué; sus palabras me han hecho reflexionar, y ahora lamento mucho ese arrebato y las tonterías que dije.»

Por la energía de su actitud, no sólo Enrique había conquistado la libertad para sí mismo, sino que más de uno, quizá, que hasta entonces había sido débil y tímido al ocultar sus verdaderos sentimientos, aprovechó la circunstancia para emanciparse, y siendo cristiano de corazón, ya no asumió, por otra especie de hipocresía, la máscara de la impiedad.

El respeto humano es una cobardía vergonzosa y una debilidad imperdonable. En el mundo no hay suficiente culpa para el hijo ingrato que, ruborizado por su oscuro origen, reniega de su padre, artesano o agricultor. Está condenado, pero no sorprendido, ya que, por desgracia, no es un hecho infrecuente. Pero, ¿comprenderíamos al hijo de un hombre ilustre, orgullo y honor del país, que se avergonzara de la gloria de su padre y se considerara ridículo y deshonrado si, por este padre, del que debería estar orgulloso, mostrara su respeto y afecto ante todos? El mundo, al ser testigo de este extraño escándalo, gritaría por la insensatez, la ineptitud y la locura. ¿Pero el cristiano cobarde hace algo más? Lo hace aún peor, el que teme confesar su respeto al Padre celestial, para proclamar su obediencia filial al Rey de reyes.

Un cálculo tonto, además. Una declaración de principios leal, con una actitud firme que no sorprenda a los burlones, casi siempre desconcierta a los malos bromistas y les cierra la boca. Optan por permanecer en silencio, viendo que pierden el tiempo.

(A la sombra de la bandera, por Bathild Bouniol)

Otras historias...