Busqueda
Generic filters

Si no encuentra lo que busca,
puede enviar un correo electrónico:
apotres@magnificat.ca

Magnificat!

¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Una historia para cada día...

Notre Dame du Laus

Institución del Santo Rosario

La historia retrata el siglo XIII de la Iglesia como una época de desorden en la que el enemigo de la salvación se esforzó por destruir, si era posible, la verdadera religión. Las tinieblas de la ignorancia y la corrupción de la moral casi habían borrado las huellas del Evangelio entre los cristianos. Para colmo, la secta impía de los albigenses se extendió como un torrente en varias provincias de Francia, y especialmente en Languedoc y Dauphiné, donde causó los mayores estragos. Estos herejes, enemigos acérrimos de la Iglesia y de todas las prácticas piadosas, lo incendiaron todo, derribaron altares y templos, degollaron a los ministros del Señor y llevaron la desolación a todos los países por los que pasaron.

Pero Dios, que siempre vela por Su Iglesia, suscitó un hombre apostólico que detuvo el progreso del error y del libertinaje. Domingo, que así se llama este predestinado, recorrió con increíble fatiga las provincias infectadas de herejía, proclamando con celo la palabra de Dios en todas partes y apoyando su predicación en la santidad de su vida y en los sorprendentes milagros que realizaba. Todo en este hombre de Dios era predicación; todas sus palabras eran como chispas del fuego divino con el que ardía su corazón; y su tierna y confiada devoción a la Santísima Virgen fue siempre, como él mismo decía, el principal medio que utilizó para convertir a herejes y pecadores. Nunca comenzó sus instrucciones hasta que se postró humildemente ante la imagen de la Madre de Dios y Le rezó: «Dignare me laudare te, Virgo sacrata; da mihi virtutem contra hostes tuos. – Permíteme, Virgen Santa, proclamar Tus alabanzas; y dame la fuerza para luchar contra Tus enemigos y vencerlos.»

Santo Domingo tuvo el consuelo de ver a un cierto número de herejes devueltos al seno de la Iglesia; pero el éxito estuvo lejos de corresponder al ardor de su celo. Mientras se quejaba humildemente de esto a Dios, la Madre de la Misericordia Se le apareció en la capilla de Nuestra Señora de Prulla, en el año 1202, y le ordenó que predicara la devoción del Santo Rosario, prometiéndole que obtendría los más felices efectos para la conversión de este obstinado pueblo. El Santo obedeció; en lugar de entrar en polémica, comenzó a predicar la práctica de esta saludable devoción; enseñó al pueblo el método y el espíritu de la misma, explicó sus misterios, y ganó más almas para Dios mediante esta oración que por cualquier otro medio. De hecho, sus frutos fueron prodigiosos, según todos los historiadores de la época.

Tras la aparición de la Santísima Virgen, que le reveló la devoción del Santo Rosario, Santo Domingo regresó a la ciudad de Tolosa y se dirigió a la iglesia parroquial. En este momento, cuenta la tradición, las campanas empezaron a sonar por sí solas. Los habitantes, asombrados de oír las campanas a una hora tan extraordinaria, corrieron a la iglesia, y uno de ellos preguntó qué podía significar. Entonces Santo Domingo subió al púlpito, y después de hablar al pueblo con voz enérgica sobre la justicia de Dios y el rigor de Sus juicios, declaró que, para evitarlos, no había mejor manera que implorar a la Madre de la Misericordia, hacer penitencia y rezar el Rosario. También dio una explicación de esta oración y comenzó a recitarla en voz alta. Pronto se notaron los efectos de esta devoción. Muchos renunciaron a sus errores, hicieron penitencia y volvieron a la Iglesia Católica.

Más de cien mil herejes convertidos, y un número increíble de pecadores retornados de sus desórdenes, fueron los primeros efectos de esta naciente devoción, que pronto se extendió por toda Europa, donde produjo un bien incalculable, y donde lo sigue produciendo cada día, en aquellos lugares donde este ejercicio edificante se ha mantenido a pesar de la disipación e indiferencia del siglo.

(Godescard, Croiset)

Otras historias...