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Notre Dame du Laus

Cuánto los Santos han estimado el Santo Rosario

San Pío V, uno de los más grandes papas que han gobernado la Iglesia, rezaba el Rosario todos los días, sin que los numerosos asuntos de su pontificado se lo impidieran. San Carlos Borromeo fue muy fiel a la misma práctica, y tenía en tan alta estima a la Cofradía del Rosario que ordenaba que se inscribieran en ella todos los que ingresaban en sus seminarios. No se le ocurrió mejor manera de prepararlos para su ministerio sacerdotal que el rezo diario del Rosario. Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia, San Ignacio, San Francisco Javier, San Francisco de Borja, Santa Teresa, y muchos otros grandes siervos de Dios, tan distinguidos por su erudición como por su santidad, colocaron el Santo Rosario a la cabeza de sus prácticas de piedad.

San Felipe de Neri acudía con frecuencia al Rosario, que se rezaba públicamente tres veces por semana en la Capilla del Rosario del Convento de la Minerva de Roma. Por esta devoción, Santa Catalina de Siena y Santa Rosa de Lima, de la Tercera Orden de Santo Domingo, se dispusieron a los extraordinarios favores del cielo. Fue en la capilla del Rosario donde Santa Rosa de Lima fue más visitada después de sus comuniones, y favorecida por Jesucristo. Fue en este santuario donde la Santísima Virgen le dio el glorioso nombre de Rosa de Santa María, y donde el divino Salvador le dirigió estas tiernas palabras: «Rosa de Mi corazón, te tomo por esposa.»

Desde sus primeros años, San Francisco de Sales hizo de la más tierna devoción a María la delicia de su corazón; ya se había unido a las cofradías o congregaciones en Su honor, y había hecho el voto de rezar el rosario todos los días de su vida; Esta práctica la observaba con tal piedad que pasaba una hora entera en ella, acompañando este rezo con la meditación de los misterios del rosario, y con tal exactitud que, si sus negocios le quitaban el ocio durante el día, llevaba su rosario en el brazo para acordarse de rezarlo antes de acostarse. Por la noche, por muy tarde que fuera, por muy cansado que estuviera, no recortaba nada de la oración dedicada a María; y cuando estaba tan enfermo que no podía hablar, se la hacía recitar por alguno de sus familiares y acompañaba mentalmente la recitación. Por último, siempre llevaba su rosario colgado del cinturón para no perder nunca de vista que era totalmente devoto de María. Todos los meses asistía regularmente a la procesión de la Cofradía del Rosario, de la que era miembro, llevando el rosario en la mano con un profundo recogimiento exterior.

(Padre Huguet)

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