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Una historia para cada día...

Los deseos de un alma santa realizados.

Se dice que un alma santa, encendida por el amor de Dios y el deseo de Su gloria, a menudo gritaba:

«¡Ah, Dios mío, Dios mío, cómo desearía tener tantos corazones y tantas lenguas, como hojas hay en los árboles, átomos en el aire, gotas de agua en los grandes mares, para amarte y alabarte tanto como mereces! Oh, si tuviera en mi poder a todas las criaturas para ponerlas a Tus pies, para que todas se consumieran de amor por Ti, con tal de que yo mismo Te amara más que todas ellas juntas, más incluso que los ángeles, más que los santos, más que todo el Paraíso.» Un día en que se entregaba a estos santos transportes con el mayor ardor, oyó que el Señor le respondía: «Consuélate, hija Mía; por una sola misa que escucharás con devoción, Me darás toda la gloria que deseas, e infinitamente más.» ¿Quizás le sorprenda esta propuesta? Te equivocas. En efecto, siendo nuestro divino Salvador no sólo hombre, sino Dios verdadero y omnipotente, cuando Se digna abajarse en el altar, rinde a la adorable Trinidad, por este abajamiento divino, una gloria, un honor infinito; y en consecuencia, nosotros que concurrimos con Él en el augusto sacrificio, contribuimos también a rendir a Dios, por Su mediación, tributos, una gloria de precio infinito.

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