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La Sagrada Familia en oración

historia0707-Hay que evitar hablar mal de uno mismo

El abad Serapión recibió la visita de un monje que, a cada palabra, se llamaba a sí mismo pecador e indigno del hábito religioso que llevaba…

El santo abad quiso lavarle los pies, como era su costumbre con los monjes que no pertenecían a su comunidad. El monje no se lo permitió, protestando que más bien merecía ser pisoteado por todos los demás.

Entonces el abad Serapión lo sentó a la mesa y le ofreció comida. Mientras el monje comía, el abad se puso a hablarle con dulzura y caridad: «Hijo mío, le dijo, si quieres avanzar en la perfección religiosa, permanece tranquilo en tu celda, vigílate y haz tu trabajo manual. Todos esos viajes que haces de un monasterio a otro, tantas travesías en el desierto, no pueden contribuir a tu progreso espiritual. Dios no Se encuentra más fácilmente en cualquier lugar que en tu celda».

El monje, al oír estas palabras, tenía el corazón tan turbado que no pudo evitar mostrar su agitación. El abad Serapión, al percatarse de ello, le dijo: «Hermano mío, ¿qué es lo que veo? Hace un momento te declaraste un gran pecador, indigno de esta tierra que te soporta y del aire que respiras, y ahora, con motivo de una caritativa reprimenda que te hago sobre tus imperfecciones, me parece que estás todo alterado? Te equivocas, mi buen hermano. Si quieres practicar la humildad, no debes denunciar tus propios defectos. Debes esperar a que los demás te los reprochen; y cuando eso ocurra, tu deber es recibir esos reproches con tranquilidad, e incluso alegrarte de ellos en tu corazón.»

El monje, ante esta segunda reprimenda, abrió los ojos y distinguió de la falsa humildad aquella que tiene todos los caracteres de ésta y a la que está reservada la victoria sobre toda vanidad. Entonces empezó a pedir perdón al abad y volvió a vivir en la soledad de su celda.

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