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Nuestra Señora de la Asunción

Un ministro protestante confundido por un catecúmeno.

La herejía persigue vanamente el culto a María con sus odios e insultos: Dios se complace en suscitar poderosos defensores de la Reina del Cielo entre los más pequeños de sus hijos.

Un catecúmeno de Oceanía, con el rosario al cuello según la costumbre, está en una asamblea en presencia de un misionero anglicano. La oportunidad de insultar a María, y de obtener una victoria fácil, era demasiado buena para dejarla pasar. El hombre del error miró al neófito con una sonrisa y le preguntó en tono burlón sobre la inutilidad de este collar diabólico. Inmediatamente el siervo de María va y se sienta en el centro del círculo, frente al ministro, y le dice:

«Queréis saber qué significa nuestro lozalio, (que es el nombre que dan al rosario); os lo diré: El rosario sólo sirve para regular un cierto número de oraciones, y el orden en que estamos acostumbrados a rezarlas. Estas son las oraciones que decimos: Creo en Dios Padre Todopoderoso, etc. Primero ves que no hay nada diabólico en esta oración: creo en Dios».

Estaba a punto de continuar, cuando el ministro se levantó y se fue a su casa para ocultar su derrota. Todos los espectadores, incluso los protestantes, aplaudieron la sabia respuesta del catecúmeno, y esta respuesta bien meditada bastaría para convencer a cualquier detractor del rosario de la ignorancia.

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