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Una historia para cada día...

Nuestra Señora de la Asunción

Un recado para la Santísima Virgen.

Un joven, olvidado de Dios desde hace mucho tiempo, al partir para París, fue, por cortesía, a pedirle a una señora, amiga de su familia, sus recados. «Me gustaría que haga uno -dijo la señora-, uno pequeño, pero tal vez le moleste… – Diga, señora, que estoy a sus órdenes. – Bueno, tenga la bondad, a su llegada a la capital, de ir a rezar un Ave María por mí en Notre-Dame des Victoires.»

El joven se inclinó por decoro; pero el encargo no era de su gusto: no le interesaba la devoción. Tras una estancia de un mes en la que visitó las maravillas de París, el joven viajero, dispuesto a emprender de nuevo el camino, se acordó del prometido Ave María. «Lástima, se dijo, no iré… Sin embargo, sí, voy a …. que prometí…» Corre a Notre-Dame des Victoires, se arrodilla a medias sobre un reclinatorio y, con aire de faena, busca en un rincón de su memoria la oración a María, casi olvidada; por fin la encuentra y la recita. Y de repente, como un carbón encendido prende fuego a la madera seca, esta dulce invocación penetra de repente hasta el fondo de este joven pecador: derrama lágrimas que ya no conoce. El venerable párroco de Notre-Dame des Victoires, acostumbrado a estas conversiones repentinas, se acercó a este pródigo, cuyo problema intuía. El joven se confesó, retrasó su salida, comulgó y, al regresar a su país, su primera visita fue a la Señora del Ave María, a quien este cambio no sorprendió demasiado, pues ella había sido el verdadero motivo del servicio solicitado.

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