Busqueda
Generic filters

Si no encuentra lo que busca,
puede enviar un correo electrónico:
apotres@magnificat.ca

Magnificat!

¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Una historia para cada día...

Nuestra Señora de la Asunción

Joven salvado de un incendio por la protección de la Virgen.

La siguiente historia fue contada por un hombre de confianza.

Mis padres, dice, me habían enviado al seminario menor para completar mi educación. Estaba estudiando filosofía. El día de la Asunción de 1811, tuve la suerte de recibir el escapulario. Como la ceremonia sólo tuvo lugar por la noche, los diversos ejercicios de la casa me impidieron recitar las oraciones que los cohermanos acostumbran a decir cada día. Llegó la hora de acostarse, y sólo me acordé de mi omisión cuando, habiendo vuelto a mi cuartito y estando ya en la cama, me disponía a apagar mi vela, que una especie de miedo me había hecho mantener encendida hasta ese momento; entonces la puse sobre la mesilla de noche, sin pensar en las consecuencias que esta imprudencia podía tener, y me puse a rezar las oraciones del escapulario. Eran cerca de las nueve… A eso de las nueve y cuarto me desperté, aunque estaba profundamente dormido. Una fuerte sensación de miedo, provocada por el recuerdo de la vela encendida, me hizo sentarme en la cama, y me estaba girando para apagarla, cuando me vi en medio del fuego y del humo. Probablemente fue el movimiento que hice para acostarme, cuando, mientras rezaba mis oraciones, me embargó el sueño, lo que hizo que la vela cayera sobre mi almohada: estaba ardiendo, mi colchón también ardía, la madera de la cama, al lado de mi cabeza, no era más que un carbón encendido; mi pequeña habitación se llenó de un humo tan espeso, que en cuanto abrí la puerta para pedir ayuda, la casa se llenó instantáneamente de él. En cuanto a mí, no sentí el menor dolor. No perdí la punta de un solo pelo de la cabeza, y el médico, cuando al día siguiente vio en las paredes y en la cama las huellas del fuego, que les había costado mucho apagar, se asombró de que, si las llamas me habían librado, no me hubiera asfixiado al menos el humo. Yo mismo no puedo creer la calma que sentí después de un evento que podría haber sido tan trágico para mí. Agradecí a Nuestra Señora del Escapulario, y no dudo que fue esta buena Señora la que se dignó cuidar de mi vida, por la intención que tenía de rezarle, intención que sin embargo cumplí tan mal.

Otras historias...