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Una historia para cada día...

Nuestra Señora del Rosario

El Rosario, un remedio para todos los males

Alfonso VIII, rey de Castilla, habiendo perdido el temor de Dios, se entregaba a toda clase de crímenes, y la reina, en lugar de procurar sacarlo de este deplorable estado, no hacía más que conducirlo más al mal. Para que volviera a tener mejores sentimientos, Dios le golpeó en su mujer, que quedó ciega, y le quitó todas sus tierras, que fueron tomadas por un príncipe musulmán. Cuando el rey Alfonso se vio obligado a retirarse a la ciudad de un amigo o aliado, encontró allí a Santo Domingo y le oyó predicar sobre el Rosario. El Santo prometió a los que practicaban esta devoción la victoria sobre sus enemigos y la gracia de recuperar lo que habían perdido. El rey se dio cuenta de estas palabras y, después del sermón, preguntó al santo predicador si podía contar con su promesa. Domingo se lo aseguró, y desde entonces el rey resolvió rezar el Rosario todos los días, lo que hizo durante un año.

Después de este tiempo, el día de Navidad, la Santísima Virgen se le apareció y le dijo: «Alfonso, me has servido devotamente durante un año rezando mi Rosario, y he venido a recompensarte. Sabed que he obtenido de mi divino Hijo el perdón de vuestros pecados. Aquí tienes un Rosario, te lo doy, llévalo contigo, y tus enemigos nunca podrán hacerte daño.

Tras estas palabras, María desapareció, dejando al rey muy consolado. La reina, al enterarse de esta visión, se puso el Rosario celestial en los ojos y recuperó milagrosamente la vista. Animado por estos prodigios, el rey levantó tropas, atacó a sus adversarios, los expulsó de sus dominios y recuperó sus estados. Lleno de confianza en María, no volvió a luchar hasta que no rezó su rosario de rodillas. Quiso que toda su corte se uniera a la Cofradía, y pidió a sus oficiales y sirvientes que rezaran el rosario diariamente. El rey y la reina perseveraron en estos sentimientos toda su vida, y murieron muy cristianos.

Después de tal ejemplo, ¿qué alma tiranizada por sus pasiones no abrazaría la devoción del Rosario, para vencer a sus enemigos y reconquistar los bienes de la gracia? Resolvamos, pues, recurrir con frecuencia a este gran medio de salvación. Esto llenará nuestra mente de pensamientos santos, nuestro corazón de afectos piadosos y deseos fervientes; nos protegerá de la tentación y nos hará perseverar en la amistad divina.

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