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Una historia para cada día...

Nuestra Señora del Rosario

El Rosario es la ayuda más poderosa en los peligros

No se trata tanto de los males del alma como de los del cuerpo. Sin embargo, como el alma y el cuerpo están tan estrechamente unidos, el cielo acostumbra a utilizar las maravillas que realiza en el orden temporal para la salvación eterna.

A finales del siglo XIX, el obispo de Galveston, Claude Marie Dubuis, informó de que una joven americana de catorce años había sido secuestrada por un grupo de salvajes amerindios y llevada a su campamento. La niña era católica, al igual que su madre, pero su padre era incrédulo.

Decidido a liberar a su hija, estaba preparando sus armas, cuando su mujer le rogó que se colgara al cuello el rosario recibido del misionero y que recitara la pequeña oración que oía cada día desde hacía varios meses. El padre consintió y salió en persecución de los secuestradores, con su revólver al lado, su rosario al cuello y su rifle en el pomo de la silla de su caballo. Cuando llegó la noche y mezcló su oscuridad con la del bosque, pensó en el rosario, intentó rezarlo y luego dudó. Finalmente, sobrecogido por el triste y doble recuerdo de su hija cautiva y de su afligida esposa, comenzó de nuevo y siguió recitando el Ave María con perseverancia.

Ocho millas, o algo más de tres leguas, le separaban de María, su hija, que estaba internada en el campamento comanche. Allí, en una especie de agonía, el pobre niño seguía implorando a la Madre de Dios mientras rezaba el rosario. Alrededor de las dos después de la medianoche, María vio acercarse a un joven con una luz, que era exactamente igual a su hermano mayor, que se había quedado en la casa de su padre. Le dijo suavemente: «María, sígueme; tu padre está a ocho millas de distancia en este bosque».

En efecto, antes de que amaneciera, la niña estaba en brazos de su padre y el joven había desaparecido. Toda la familia está convencida de que el Ángel de la Guarda del pobre cautivo fue enviado por la Santísima Virgen, y que, para inspirarle confianza, tomó la forma de su hermano. Desde entonces, toda la casa no ha dejado de rezar el rosario juntos todos los días, y no hemos necesitado instruir más al padre antes de bautizarlo. ¿Quién no admirará en esta circunstancia la protección visible de María, a cambio del rezo del Rosario? ¡Qué confianza no debería inspirarnos este ejemplo!

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