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Una historia para cada día...

Nuestra Señora del Rosario

Una túnica del más alto precio

Un día -dice la bienaventurada María de los Ángeles-, al acercarme a la santa Mesa, me sentí de pronto tan llena de dulzura que me parecía estar en el cielo en cuerpo y alma. En ese momento se me apareció la Santísima Virgen: era tan hermosa, tan resplandeciente, que no podía mirarla; estaba deslumbrado por Su resplandor. Tenía en Sus manos una túnica blanca, pero de una blancura muy diferente a la que se ve en la tierra. Este manto estaba adornado con una multitud de piedras preciosas, como tampoco se pueden encontrar en la tierra. La divina Madre me dijo que la tenía preparada para ponérmela en cuanto me despojara de mí mismo, y que el bien de mi alma exigía que aún me condenara a luchar y a comprar la victoria a costa de grandes fatigas. Me recomendó que recurriera a menudo a Su intercesión y Le dirigiera estas palabras: «¡A Tus pies, oh mi dulcísima Soberana! Deseo vivir y morir». Me prometió protección y ayuda, despertó en mí un vivo amor por la virtud, especialmente por la humildad y la obediencia, y me dejó llena de paz y consuelo.

Aprendamos de ello a buscar nuestra santificación siempre en el culto a la Virgen del Rosario. No nos contentemos con rezarle, con meditar Sus alegrías, Sus dolores y Sus glorias, sino sobre todo con imitar Sus virtudes, Su abnegación, Su espíritu de sacrificio que nos hace morir a nosotros mismos y practicar la humildad, la obediencia, la mortificación, la paciencia, la mansedumbre y la caridad. A este precio, las prácticas de devoción con las que honramos a nuestra Madre nos serán de gran utilidad. Nos ayudarán a superarnos a nosotros mismos, a ser más puros, más desprendidos, más amigos de la oración y más unidos a Dios. ¿Y qué méritos no adquiriremos de esta manera? Recibiremos de María una túnica preciosa, como la que le preparó a la Beata de quién acabamos de hablar.

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