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Nuestra Señora del Rosario

La devoción a la Virgen nos libera de las frivolidades mundanas

San Anscharius, arzobispo de Magdeburgo, acababa de perder a su madre cuando aún era un niño. Una noche, tuvo una visión en la que vio a una gran y majestuosa Reina toda radiante, y escoltada por una multitud de damas vestidas de blanco y coronadas de gloria. En medio de ellos reconoció a su madre, e inmediatamente corrió hacia ella. Pero no pudo alcanzarla. Hija Mía -dijo María, la Reina de la procesión-, quieres unirte a tu madre; pero antes, a imitación de Mi Hijo Jesús, huye de toda vanidad; deja las diversiones frívolas y mantente en la gravedad de una vida pura. Odiamos todo lo que es vano y fútil; y quien pone su felicidad en frivolidades mundanas, no puede tener parte con Nosotros».

Anscharius sacó tanto provecho de la lección de la Santísima Virgen, que desde ese momento su vida fue un modelo de piedad, aplicación, docilidad, abnegación; se convirtió en una copia viva del Niño de Nazaret, y edificó a todos los que lo vieron.

Esta es la conducta que nos exige la devoción a María. ¿Podemos cuidarnos de saludarla con frecuencia cada día, y no esmerarnos en complacerla imitando a Su divino Hijo?

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