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Nuestra Señora del Rosario

Cómo paga la Virgen los servicios prestados

En la frontera entre Holanda y Alemania, en las proximidades de Nimega, se encuentra el pueblo de Kevelaer, al que acuden cada año numerosos peregrinos para honrar una imagen milagrosa de María. Entre los conductores de los coches que transportaban a los peregrinos había un buen padre de familia, protestante de nacimiento. Inspirado por el ejemplo de los fieles, que rezaban en voz alta durante el viaje, rezó con ellos el Ave María de todo corazón.

Al regresar de estas piadosas excursiones, y sintiéndose próximo a la muerte, pidió a su esposa que le consiguiera un sacerdote católico. «Pero manda a buscar a tu ministro protestante en su lugar», dijo la esposa asombrada; «¿qué necesidad tienes de otro?». El paciente insistió y quedó satisfecho.

Cuando llegó el sacerdote, le dijo que, desde su enfermedad, repetía las palabras que le habían tocado en sus viajes a Kevelaer: «Santa María, Madre de Dios, rogad por nosotros, pobres pecadores»; y fue, añadió, la Santísima Virgen quien me impulsó a llamarle. Me gusta mucho esta oración del Ave María; ¡qué conmovedora es!»

El sacerdote lo interrogó, y encontrándolo de excelente ánimo, le confirió los sacramentos. Durante varios días, el enfermo no dejó de dar gracias a la Santísima Virgen que le había obtenido tan gran gracia. Murió de la muerte de los predestinados. Su familia, edificada y conmovida por tan consolador espectáculo, se convirtió por completo al catolicismo.

¡Qué poder en el Ave María! ¡Con qué devoción y confianza no deberíamos recitarlo! El arcángel Gabriel, al saludar a María, lo hizo con un respeto celestial y una veneración sincera; ¡cuánto más nosotros, inferiores a los ángeles, no deberíamos saludar a nuestra Soberana con profunda religión, atención sostenida y amor filial! Si así fuera, ¿no tendrían nuestras oraciones pleno poder sobre el corazón de una Madre como María? Es tan aficionada a la humildad, al candor y a la confianza que corresponden a los hijos del Padre celestial, hermanos de Jesús, el modelo más perfecto de los sentimientos que deben animar a los hijos hacia su Madre celestial. La vida de Jesús en Nazaret fue sobre todo una vida sencilla, modesta y trabajadora, muy opuesta a la vanidad y a la frivolidad. A María Le gusta ver estas cualidades en quienes La honran con el frecuente saludo del Ave María.

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