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Una historia para cada día...

Nuestra Señora del Purgatorio

Un gran pecador es salvado por un alma del purgatorio

La Reina del Cielo, Madre de las misericordias, se ha servido más de una vez de las almas del Purgatorio, ya sea para convertir a los pecadores o para librar a sus devotos siervos de los peligros mortales. En una ciudad del reino de Aragón, en España, un señor se había casado con una dama que poseía todas las ventajas de la naturaleza y de la piedad que uno podía desear en su compañera íntima. La extraordinaria belleza de esta joven llamó la atención de otro caballero, que también tenía singulares dotes para él, y que comenzó a perseguirla, a hablarle, a cortejarla. Ella, temerosa y casta como una cristiana, se esforzaba por evitar estos encuentros, que el pretendiente, por el contrario, multiplicaba todo lo que podía, en el paseo, en el mundo, en la misma puerta y bajo las ventanas de la casa. El asunto no permaneció en secreto, y la noticia llegó a oídos del marido. Los celos surgieron inmediatamente en su corazón; temía alguna traición, vigilaba día y noche, y, aunque no veía correspondencia a esta pasión en su esposa, le parecía que no descansaría hasta acabar con la vida del importuno rival.

Una mañana, por tanto, fingió estar en viaje de negocios y partió hacia una casa de campo que poseía a cierta distancia de la ciudad, acompañado por su esposa y un solo sirviente. Cuando llegó la noche, la llamó a una habitación aislada, cerró la puerta y, sacando una pistola cargada del bolsillo, la amenazó con matarla inmediatamente si no obedecía sus órdenes. Perturbada y asustada, la pobre mujer promete someterse sin dudarlo. Luego tomó una hoja de papel, la puso frente a ella y le ordenó que escribiera bajo su dictado. Era una invitación al joven para que viniera a buscarla a este lugar, durante la ausencia de su marido; que tal noche, a tal hora, vería una escalera colocada contra las paredes del jardín, que le conduciría a una ventana, por la que entraría con seguridad. Una vez escrita la carta, se le confía al criado, con la orden de entregarla al destinatario en mano y en secreto, como si viniera de su señora. El criado cumplió exactamente el encargo, lo que llenó de alegría al imprudente joven. Leyó y releyó la carta, besándola con transporte, como un tonto; luego, cuando llegó el momento, tomó su ropa de campo, montó un buen caballo, anunció que iba a dar un paseo, y partió.

Iba deprisa, al gran galope del caballo, cuando tuvo que pasar por un lugar donde colgaban a varios condenados en la horca, según la costumbre de Aragón; los cadáveres quedaban así expuestos durante algún tiempo, para inspirar terror a los bandidos. Esta visión le recordó que aquel día no había rezado el rosario, como era su costumbre a pesar de sus tristes arrebatos, y comenzó a rendir este tributo de devoción a la Madre de Aquel a quien iba a ofender gravemente, y lo hizo en favor de las almas de estos desgraciados torturados, por los que nadie había pensado en interceder. La recompensa no tardó en llegar.

Una fuerte voz le gritó: «¡Detente, jinete, no sigas!». Miró a su alrededor, sólo vio los cadáveres y espoleó a su caballo. La misma voz comenzó de nuevo: «¡Detente, te digo; no sigas!». El miedo le era desconocido; desmontó y comenzó a buscar, entre esos horrendos restos, medio comidos por los cuervos, si no había algún condenado aún con vida. En efecto, de una de las horcas sale esta súplica: «Caballero, te ruego por piedad que cortes esta cuerda que me estrangula». Conmovido por la compasión, además de sorprendido, da un golpe con su espada a esta corbata, y el cuerpo cae al suelo, de donde se levanta; y he aquí un hombre lleno de vida, que derrama su agradecimiento, y protesta que ya no dejará a su benefactor, a su salvador, que le servirá como esclavo. El joven aventurero rechazó de plano esta oferta de gratitud y declaró que quería ir solo. «Pero -dijo el otro- ¿no sabes que te espera un peligro extremo al final de tu recorrido, que está en juego tu propia vida? Quiero liberarte. Permítame mostrarle mi gratitud.»

Al verse así descubierto, nuestro jinete no hizo más objeciones. Volvió a montar en su caballo y tomó a su nuevo compañero en la grupa. Pronto vieron la casa; la escalera estaba lista. El joven quería arriesgarse de inmediato. «No», dijo su compañero, «sospecho que hay algún complot, y si me crees me dejarás subir primero, para estar seguro de todo. Sólo dame tu sombrero y tu abrigo». Cuando los tuvo, saltó a la escalera y entró por la ventana entreabierta. En ese mismo momento se oyó un estruendo de armas, amenazas, gritos airados, y al cabo de unos segundos un cuerpo golpeado con una espada cayó al pie del muro. Sin embargo, se levantó y le dijo al atónito joven: «¡Rápido, rápido, sube a tu caballo y huyamos!» Cuando estuvieron a cierta distancia: «¿Habéis visto y comprendido ahora -dijo el compañero- el buen recibimiento que se te ha hecho? El marido simplemente estaba esperando para matarte con su daga. Y, dime, si hubiera tenido éxito, ¿a dónde habría ido tu alma? Así pues, da gracias a la Madre de las misericordias, que te ha liberado por tu fidelidad en el rezo diario del santo rosario. También debes bendecir a las almas del purgatorio, pues obtuviste la liberación de algunas de ellas cuando estabas en estado de gracia, y hoy te devuelven el favor. Pues bien, cambia tu vida y aprende a temer a Dios.»

Cuando terminó esta exhortación, habían regresado al lugar de la horca. El forastero desmontó, se adhirió a la horca y declaró que había sido enviado milagrosamente desde la otra vida por lo que acababa de hacer, y que volvía a donde Dios le llamaba. Un minuto después, era un cadáver.

En cuanto al joven, apenas es necesario decir cómo se sintió al volver a casa. Se dedicó durante el resto de su vida a la penitencia y a las obras de piedad, y se convirtió en un modelo de santidad, tan deseoso de mortificarse y de ganar almas para el bien como lo había sido antes de buscar el placer y de considerar la salvación de los demás como nada.

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