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Una historia para cada día...

Niño Jesús, ¡Te amo con todo mi corazón!

Nochebuena de San Jerónimo

Una noche de Navidad, Jerónimo, el gran recluso de Belén, estaba rezando en la gruta bendita. Cuántas veces, en aquella santa vigilia, tembló al besar el sagrado pesebre donde el Salvador del mundo quiso nacer por nosotros.

Pero de repente, ¡oh maravilla! ¡Oh, amor! La noche se iluminó con un brillo encantador, brilló como un día radiante. El Niño–Dios estaba allí, extendiendo sus brazos divinos a su fiel amigo.

«Jerónimo», le dijo, «oh, mira Mi pobreza. A tu Dios que pide limosna, ¿qué regalo le harás?

– A Ti, oh Rey del amor, mi corazón, mis bienes, mi vida.

– Eso no es suficiente, dame más.

– Todo lo que he recibido de Tu bendita mano, todo lo que con Tu gracia he podido hacer por Ti, todos mis trabajos, Señor, mis lágrimas, mis oraciones, mis largas noches de estudio y mis días de dolor…, todo es Tuyo, Jesús, tómalo sólo para Ti.

– No, quiero más», dijo el Divino Niño.

– ¿Qué esperas todavía, mi tierno amor? Te he dado todo, no me queda nada… Habla, ¿qué quieres? ¿Quieres que vierta al pie de Tu altar, gota a gota mi sangre en el cáliz de oro?

– No, hijo Mío, si he dejado los esplendores de Mi Cielo, no es que necesite los tesoros de los mortales, sino que tengo hambre de derramar los dones de Mi amor, los tesoros de Mi gracia, en las almas en grandes torrentes. Destruyendo todo obstáculo, quiero que un fuego divino los encienda para siempre: Entrégame tus pecados… para que los borre».

– ¿Cómo se pueden entregar los pecados al Niño–Dios? – En primer lugar, hay que reconocerlos, luego arrepentirse y pedir perdón a Dios con el firme propósito de no volver a cometerlos. Deben ser confesados al sacerdote lo antes posible. Y Dios, cuya misericordia supera el mayor de nuestros crímenes, ya que es infinita, nos perdona siempre. Por lo tanto, debemos tener una fe inquebrantable en Su Amor y Misericordia.

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