El buen Dios está siempre dispuesto a perdonarnos, sean cuales sean nuestras faltas, a través de una sincera contrición por nuestros pecados y una firme resolución de no volver a ofenderle.

Dios mío, siento mucho haberte ofendido, porque eres infinitamente bueno, infinitamente amable, y el pecado Te desagrada. Perdóname por los méritos de Jesucristo, mi Salvador; me propongo, por Tu santa gracia, no ofenderte más y hacer penitencia.

Jesús mío, perdón y misericordia: por los méritos de Vuestras Santas Llagas y los sufrimientos de Vuestra Santísima Madre.