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Una historia para cada día...

Sagrada Familia

El genio de Napoleón.

En su exilio en Santa Elena, Napoleón, al volver a sí mismo, gustaba de discutir asuntos de filosofía y religión. El general Bertrand, uno de sus íntimos, era incrédulo y dijo una vez: «¿Dios? ¿Qué es Dios? Nunca lo has visto. – No lo habéis hecho –respondió Napoleón–, ni habéis visto mi inteligencia, y después de mis hazañas de armas y mis victorias, habéis hablado de mi genio. Y sin embargo, ¿qué son mis obras comparadas con las obras de la creación? ¿Cuáles son mis maniobras más brillantes comparadas con el movimiento de las estrellas? Si de las maravillas de la actividad humana concluyes a una alta inteligencia que no ves, ¿por qué no quieres deducir del magnífico espectáculo del universo a un Creador invisible?»

Qué cierta es la palabra del salmista: «Los cielos anuncian la gloria de Dios, y el firmamento la obra de sus manos». (Salmo 18:2)

El viaje alrededor del mundo.

Supongamos que un barco partiera de Trieste, atravesara el Estrecho de Gibraltar, doblara el Cabo de Hornos, cruzara el Océano Pacífico, pasara por Australia y las Indias, y regresara a Trieste por el Canal de Suez, y que alguien afirmara que el barco había realizado este viaje al capricho de los vientos. ¿Quién no consideraría esta afirmación un disparate? Todo el mundo admitirá que un piloto probado dirigió la nave. Lo mismo ocurre con la órbita de los astros, que ejecutan su revolución con precisión matemática: nunca podrá explicarse al margen de una Sabiduría infinita.

Del orden de la creación hay que concluir que existe un Ordenador Supremo.

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