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Una historia para cada día...

Sagrada Familia

El rey y el filósofo.

Un día Hierón de Siracusa mandó llamar al filósofo Simónides y le preguntó qué era Dios. El sabio pidió un día de reflexión; después de las veinticuatro horas, volvió a pedir el doble, luego cuatro días, y así sucesivamente, pidiendo cada vez el doble del período anterior. Al final, el rey le preguntó por qué lo hacía, y el sabio respondió: «Cuanto más pienso en el asunto, más misterioso se vuelve».

El infinito no puede ser captado adecuadamente por nuestra limitada inteligencia: sólo Dios puede comprenderse a sí mismo. San Juan describe a Dios con las palabras «Dios es amor». (I Juan 4:7) De hecho, el amor de Dios por el hombre es el principio de todas Sus obras.

La pena del exilio.

San Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla (+ 407), fue mal visto por la gente de la corte debido a la libertad de su predicación: la emperatriz Eudoxia lo odiaba especialmente. Un día le amenazó con el destierro. No creas con esto –respondió el santo obispo– que me vas a inspirar ningún terror. Deberías saber que Dios está presente en todas partes, y que sólo podrías asustarme relegándome a un lugar donde Dios no estuviera».

Si por casualidad tienes miedo de estar solo en algún lugar, piensa en la presencia de Dios. Cuando un hombre temeroso se ve acompañado, su miedo a los fantasmas disminuye; tendría tanto menos razón para temblar, si reflexionara sobre la presencia de Dios, sin cuya voluntad ningún espectro podría aparecer. El recuerdo de la presencia de Dios hace que el hombre no tenga miedo.

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