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Una historia para cada día...

Sagrada Familia

Un ladrón en un huerto.

Un niño había escalado el muro de un huerto para robar algunas frutas. Pero primero se dio la vuelta para ver si le estaban observando. De repente, uno de sus amigos, encaramado en un árbol de un jardín cercano, le gritó: «Has mirado a la derecha, a la izquierda, delante y detrás de ti; ¿por qué no has mirado también al cielo?». El ladronzuelo comprendió que su camarada quería recordarle al Dios que todo lo ve: y como fulminado por un rayo, salió corriendo con todas sus piernas. Ciertamente, no olvidó pronto la verdad de que no se puede escapar de la mirada de Dios.

El recuerdo de la omnisciencia de Dios nos aleja del pecado.

Las manzanas abandonadas.

Un niño fue enviado por su padre a casa de sus vecinos para hacer un recado. Cuando entró en la habitación, no encontró a nadie, sino una cesta llena de espléndidas manzanas. Inmediatamente le vino el mal pensamiento: puedes robar algo de fruta, pero nadie te verá. Pero el pensamiento de Dios lo retuvo y se dijo a sí mismo en voz alta: «¡Oh, no! No tomaré nada, porque Dios me ve.» Inmediatamente apareció el vecino, sentado detrás de la estufa, y le dijo: «Eres un buen niño. Toma un poco de fruta, siempre que la quieras». Si el niño hubiera robado, sin duda habría sido castigado; así que experimentó doblemente lo ventajoso que es pensar que Dios lo ve todo.

El recuerdo de la presencia de Dios nos aleja del pecado, nos impide ofenderle y nos evita sus castigos.

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