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Notre Dame du Laus

La capilla del Rosario, un refugio seguro en tiempos de tormenta.

El Beato Juan Massias tenía la más tierna devoción a María, y la Santísima Virgen Se complació en colmarlo de Sus beneficios. El Siervo de Dios tenía la piadosa costumbre de pasar parte de sus noches en la capilla del Rosario, rezando ante el altar de Nuestra Señora; incluso varias veces fue sorprendido allí elevado sobre el suelo y extasiado. Una noche, mientras rezaba, la ciudad experimentó un terrible terremoto. Todos los religiosos angustiados se refugiaron en el claustro, donde se suponía que el peligro era menor. El beato hizo lo mismo que los demás, y ya salía de la capilla, cuando María le llamó desde el altar:

«Hermano Juan, le dijo, Hermano Juan, ¿a dónde vas?

– Señora –respondió el beato–, huyo, como los demás, de los rigores de Vuestro divino Hijo.

– Vuelve, dijo la Virgen, no tengas miedo, estoy aquí.» El siervo de Dios reanudó su oración, rogando a nuestra buena Madre que aplacara la ira de Nuestro Señor. Al levantar los ojos hacia Ella, vio Su rostro brillar con una luz tan intensa que toda la capilla quedó iluminada. En ese mismo momento cesó el terremoto. Desde entonces, cuando esta plaga se abatía sobre Lima, los religiosos y muchos otros se refugiaban en esta capilla, donde siempre encontraban un refugio seguro contra los esfuerzos y la furia de los demonios desatados en estas tormentas.

(Vidas de los Santos, del Padre Ribadeneira, 1855)

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