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La Sagrada Familia en oración

La oración es indispensable para corregir las faltas

Todos los días nos quejamos de nuestra debilidad, de las dificultades, digamos la palabra, de las imposibilidades de la virtud. A los preceptos del Evangelio, a las exhortaciones de la Iglesia, a las quejas de nuestra conciencia, cuántas veces respondemos con las palabras de la voluntad fallida que se desespera: «¡No puedo!» Si se nos dice: «Mortifica el orgullo en ti mismo. – No puedo. – Despréndete de las criaturas y de lo que pasa. – No puedo». Pues bien, en este momento la fe no acusa sus preceptos: los acepta. Dice como tú: «No puedes».

No, no podemos por nuestra propia fuerza, y constantemente, librar esas temibles batallas para nosotros mismos, en las que el alma deja como una porción de sí misma, y de las que proviene esa dura y sangrienta victoria que se llama virtud. No podemos convertirnos y salvarnos. Pero podemos pedir a Dios que haga con nosotros lo que no podemos hacer sin Él. Podemos caer de rodillas y decirle: «¡Dios mío! Cámbiame y sálvame». En una palabra, podemos rezar. ¡Oh, maravillosa virtud de la oración! Por mí mismo no puedo hacer nada; pero por encima de mí tengo a Aquel que puede hacerlo todo. Sólo tengo que invocarlo, y he aquí que Él presta Su omnipotencia a mi debilidad. Yo voy a Él por mi oración; Él viene a mí por Su gracia. Sin la oración, era débil con todas las debilidades de la criatura: con la oración, me hago fuerte con la fuerza misma del Creador.

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