Busqueda
Generic filters

Si no encuentra lo que busca,
puede enviar un correo electrónico:
apotres@magnificat.ca

Magnificat!

¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Una historia para cada día...

La Sagrada Familia en oración

Oración perseverante

En el siglo IV, vivía en África una mujer cristiana llamada Mónica, que, amando a Dios con todo su corazón, se afligió al ver que su hijo, Agustín, llevaba una vida de disipación y desorden. No dejaba de llorar por su desdichado hijo, y su dolor no era menor que el de las madres que ven morir a su único hijo. Es que, a los ojos de la fe, su hijo, que vivía en el estado habitual de pecado, le parecía muerto.

Mónica fue un día a ver al piadoso obispo de Milán, San Ambrosio, y le contó su dolor, y le rogó que viera a su hijo y tratara de devolverle mejores sentimientos. «Ve, respondió el obispo, y sigue haciendo lo que estás haciendo. Porque es imposible que un hijo, llorado con tantas lágrimas, perezca». Esta palabra devolvió la confianza a la pobre madre, que la recibió como si hubiera salido de la boca del propio Dios.

Continuó durante mucho tiempo derramando lágrimas con oraciones ante el santo altar. Iba a la iglesia dos veces al día, asistía a la Santa Misa cada mañana y daba abundantes limosnas a los pobres.

Por fin, el buen Dios se dejó conmover por las súplicas de su piadosa sierva, que no le pidió ni oro ni plata, sino la curación del alma y la salvación eterna de su hijo. Agustín se convirtió, deploró los errores de su juventud, se hizo sacerdote y obispo, y fue uno de los más ilustres doctores de la Iglesia, y hoy es honrado como santo o gran amigo de Dios. Es San Agustín, obispo de Hipona.

Otras historias...