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Una historia para cada día...

Nuestra Señora del Purgatorio

El sagrado deber de los Sufragios

En el convento de los Hermanos Menores de París, murió un religioso cuya eminente piedad le había llevado a ser llamado la Angélica. Entre sus cohermanos había un erudito lector de teología, que, aunque no ignoraba la obligación común de celebrar tres misas en favor de cada monje que muriera en el convento, omitió cumplir con este deber en esta circunstancia: le parecía innecesario interceder por un alma cuya vida había sido tan virtuosa. Pero al cabo de unos días vio de repente al difunto aparecer ante sus ojos, y le oyó decirle con voz lamentable: «Querido Maestro, te ruego que tengas compasión de mí.» Asombrado por esta aparición y petición, respondió: «¿Por qué, alma santa, qué necesidad tienes de mi ayuda? – Estoy detenido en los fuegos del purgatorio -dijo el difunto-, esperando las tres misas que ibas a celebrar por mí. – Ah! -respondió el religioso-, lo habría hecho con alegría; pero, pensando en la santa vida que llevasteis entre nosotros, imaginé que la corona os había sido entregada inmediatamente al dejar este mundo. – Desgraciadamente, dijo el difunto, nadie comprende la severidad con la que Dios juzga y castiga a su criatura. Si, con todo tu conocimiento, hubieras entendido la majestad divina, no me habrías tratado tan cruelmente». El teólogo celebró el Santo Sacrificio, ese día y los dos siguientes, con gran devoción, en favor de esta alma, que, al tercer día, se le volvió a aparecer para darle las gracias. Le dijo que el juicio había terminado para ella y que la interminable recompensa estaba a punto de comenzar.

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