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Una historia para cada día...

Niño Jesús, ¡Te amo con todo mi corazón!

Un rey sabio.

Cuenta San Barlaam que en una ciudad griega tenían la extraña costumbre de elegir un rey cada año, y además, un extranjero que no conocía sus costumbres y hábitos. Estas personas pensaron que serían más felices con este cambio anual. Los reyes, por su parte, comenzaron su reinado con placer, pero al final del año el pueblo los apresó y los hizo arrojar a una isla desierta donde no encontraron comida y perecieron miserablemente. Pero una vez el elegido fue más prudente que sus predecesores. Dio generosamente a algunos de sus súbditos y aprendió de ellos el destino que le esperaba. Así que durante el año envió comida, armas y barcos a esta isla desierta. Cuando terminó el año, fue tratado como sus predecesores, apresado y deportado a la isla. Como encontró todo lo que había enviado allí, volvió a embarcarse con los soldados, regresó a la capital, castigó a los que le habían puesto las manos encima, y luego gobernó la ciudad sin cuestionamientos durante muchos años.

Estos desafortunados reyes, que morían cada año después de un año de reinado, son la imagen de los que sólo piensan en su placer y en los bienes terrenales. La muerte, al sorprenderlos, los hace eternamente infelices. El rey prudente, en cambio, es la imagen de quienes durante su vida se preocupan por la religión y envían ante sí obras meritorias para la salvación. Cuando llega la muerte, el diablo es impotente contra ellos, y son eternamente felices.

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