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Magníficat!

¡Para la preservación del Depósito de la Fe!
¡Para que venga el Reino de Dios!

Vino a los Suyos… y los Suyos no Le recibieron…

Por el Padre Mathurin de la Madre de Dios

Queridos hermanos, queridas hermanas, queridos amigos, ¡Feliz Navidad! Gracias al Niño Dios por ser hoy nuestra alegría. Cantamos antes de la misa: «Por más de cuatro mil años, nos Lo prometieron los profetas, durante más de cuatro mil años, esperamos este momento feliz.»1

¿Por qué la humanidad esperaba al Mesías durante cuatro mil años? ¿Por qué viene en esta noche de Navidad? Porque la humanidad ha pecado, y por lo tanto, de alguna manera, el hombre fue rechazado por Dios. Pero inmediatamente después del pecado de nuestros primeros padres, Dios decidió, en Su gran misericordia, perdonarlos y enviar un Redentor. A lo largo de los siglos, Dios ha suscitado profetas, los santos del Antiguo Testamento que han repetido durante cuatro mil años: «No olviden, los humanos, ¡no olviden al Salvador que Dios nos ha prometido! Se han separado de Él por su pecado. El Mesías vendrá, enmendará su falta y les mostrará el camino para alcanzar su gran destino». Este Redentor fue anunciado por los profetas con gran detalle. ¿Será este Mesías un profeta, un gran personaje, un hombre poderoso, incluso un rey o un emperador? Más que todo esto, este Mesías ¡será Dios mismo!

Parece que después de cuatro mil años, la mayoría de los humanos ya no Lo esperaban. Los hombres hacían su pequeña vida como terrícolas, como si después de la vida terrenal, no hubiese nada más. La espera del Mesías prometido había sido tan larga que un cansancio había cubierto toda la tierra. Sin embargo, Dios Se había escogido una nación para recibirlo en Su venida: el pueblo judío. Incluso entre este pueblo, vivían distraídos, no se vivía más que para lo terreno. Si los israelitas no habían olvidado al Salvador prometido, la mayoría había desfigurado Su imagen. Su religión se había convertido en una multitud de prácticas externas de las que Jesús Se quejará: Este pueblo Me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí. Vano es el culto que Me rinden porque enseñan solamente doctrinas y máximas humanas.2 Porque los humanos estaban abrumados por sus distracciones, no reconocieron los signos de Dios. San Juan dice al comienzo de su Evangelio: Él Vino a los Suyos y los Suyos no Le recibieron.3

Dios Se hace hombre para llevarnos a Él

Nuestro destino no es la tierra, sino el Cielo. Nuestro destino es estar con Dios por la eternidad. El hombre, por el pecado, se ha alejado de Dios y ha roto esta garantía de la eternidad dichosa con su Creador. Dios que amó al hombre con un amor infinito, esperaba de él una respuesta amorosa. Desgraciadamente, el hombre se amaba a sí mismo antes que a Dios. Este orgullo es la causa del primer pecado y todos los demás pecados a partir de ese momento. El ego de nuestros primeros padres, también es nuestro, sigue siendo siempre el mismo amor propio. Mi amor propio se convierte en el centro y ocupa el lugar de Dios.

¿Cómo renovará el Mesías el vínculo filial entre Dios y el hombre, roto violentamente por el pecado? ¿Cómo va a reparar este Mesías Su obra de amor? Abran sus ojos. O más bien, abran sus corazones al Niño Dios. El Amor infinito Se encarnó, y en esta noche de Navidad viene a nosotros muy pequeño, frágil recién nacido. Su primera lección es magistral, comienza ya a mostrarnos el camino que lleva a Él. En la gruta de Belén, Dios, nuestro Creador, viene en la mayor indigencia. ¡Qué contraste con nosotros, los humanos, que nos aferramos a la tierra! Pasamos nuestras vidas forjando lazos para aferrarnos mejor a los falsos bienes de este mundo, a sus engañosos placeres y sus vanidades.

Misterioso plan providencial

Para comprender mejor las circunstancias de la venida del Mesías, demos un paso atrás en el tiempo, unos días antes de Su nacimiento. En Nazaret, María y José llevaban una vida sencilla, pacífica y tranquila. María lleva a Jesús en Su seno desde hace casi nueve meses. Lo lleva con gran atención, conociendo el misterio de la Encarnación, de Dios hecho hombre. El Ángel le había revelado a José el gran misterio de la Encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María. José y María están muy atentos al gran suceso que se prepara. No se distraen con las cosas de la tierra, a diferencia de la mayoría de los humanos de su tiempo.

Pues, una profecía había anunciado que el Mesías-Redentor nacería en Belén, pequeño pueblo cerca de Jerusalén. En el Evangelio de Nochebuena leemos: En aquel tiempo, apareció un decreto de César Augusto prescribiendo el censo de toda la tierra.4 César Augusto era un emperador, un conquistador que había ampliado el imperio Romano de manera considerable, como difícilmente se puede imaginar hoy. Su colosal imperio se extendía por Italia, España, Galia, gran parte de las tribus germánicas, Gran Bretaña, Grecia, toda la cuenca del Mediterráneo, norte de África, Egipto, hasta Oriente. Todo le obedecía. Simple mortal como nosotros, el emperador hizo levantar a su gloria altares y templos. En todo el mundo conocido, debía ser adorado como a Dios. Este hombre engreído se dijo un día: «Me gustaría saber cuántos sujetos viven en mi imperio». Luego proclama un edicto para censar a todos sus súbditos.

Cada uno debe ir a inscribirse en su lugar de origen. José y María viven en Nazaret, pero el lugar de origen de su familia es Belén. Sin dudar, obedientes a la orden de un simple mortal, que imbuido de su poder pretende ser un Dios, José y María partieron. El mundo entero está en movimiento para que se cumpla la profecía que anuncia el nacimiento del Mesías en Belén. A través de un grave pecado de orgullo de un potentado de la tierra, Dios llevó todo a Su propósito.

Abro un paréntesis aquí. Hermanos, hermanas, queridos amigos, aún hoy en día se ve el mundo en conmoción. En general, Dios no es el primer servido en la tierra. Todo tipo de intereses materiales dictan decisiones, los grandes personajes quieren ser el centro de atención y todos se olvidan de Dios. Hombres, que se piensan inteligentes, comentan todas las situaciones, lo tamizan todo, a su criterio.

Quiero llamar su atención sobre la conducta de José y María. Ellos eran –¡por decir lo menos!– de inteligencia superior. Su misión superó a todas las vocaciones. María iba a ser Madre de Dios. José, Su esposo, fue elegido para representar a Dios Padre ante Su divino Hijo. Investidos en tales misiones – las dos misiones más importantes confiadas a humanos: no pensaron ni por un momento que no estaban obligados a obedecer este decreto de la autoridad civil. José y María reconocieron en esta orden la voluntad de Dios, y la llevaron a cabo sin comentarios. Seguramente, incluso en sus corazones, no evaluaron la conducta orgullosa de César, no la criticaron. Esta es una de las lecciones de esta noche.

Entonces José y María partieron hacia Belén en condiciones dolorosas y humillantes. Uno puede imaginar fácilmente los comentarios despectivos sobre José que viajaba con su joven esposa que estaba a punto de dar a luz. José se consuela prometiéndose una buena recepción en Belén por parte de familiares y amigos… Tendrán una pequeña casa para ellos y sobre todo para el Niño por nacer. Pero las cosas no resultaron como esperaba José.

Llegados a Belén, José llama a las puertas de sus parientes, sus amigos, luego en las posadas y en todo Belén. ¡Nadie les quiere recibir, nadie! Se enfrentan a la dureza del corazón humano, a su maldad, a su egoísmo. En este doloroso sufrimiento, en esta grande humillación, podemos contemplar su docilidad a la conducta de la Providencia. Viven un gran dolor, una viva decepción, una confusión extrema. Pero en su corazón no hay ninguna amargura. En la dureza de la gente de Belén, reconocen una vez más, una disposición de la Providencia. Y precisamente, a través del orgulloso edicto de César, a través de la inhospitalidad del pueblo, la Providencia conduce a José y a María al lugar exactamente donde Ella los quería: en la gruta de Belén. La Providencia los lleva allí por circunstancias confusas en extremo. María y José nos dan aquí una gran lección de docilidad a la Providencia. Atentos a Dios, realizaron perfectamente Su voluntad.

El Evangelio nos dice: No había lugar para ellos.5 Jesús, el Hijo de Dios Se encarnó, pero cuando viene la noche de Navidad, no hay lugar para Él, no hay lugar. El tiempo se acaba, la Virgen Madre está a punto de dar a luz. José y María se alejan de la ciudad y se dirigen hacia el campo donde encuentran una gruta que sirve de refugio para los animales. Cuando los animales salen de un refugio, ¡no pasan la escoba detrás de ellos! ¡No es perfumado! José y María limpian resumidamente la gruta. Ponen un poco de paja, la más fresca que pueden encontrar, en el pesebre de esta cueva abandonada. Es muy conmovedor considerar a un niño nacido en condiciones tan patéticas.

Cuando llega el momento, María y José comienzan a orar. El mundo está distraído, pero el Hijo de Dios será bien recibido, porque María y José Lo esperan en oración. Una vez que llegó el pequeño Jesús, José y María ya no vieron la gruta. No había más malos olores, no más aire oscuro y húmedo. El Hijo de Dios había venido y este Niño, desde el principio, sedujo por completo a María y José. Esta noche, hermanas mías, hermanos míos, sean María, sean José. Cumplan bien su papel. Reciban bien al Niño Jesús.

Los primeros testigos

Muy cerca de la gruta de Belén, hay pastores que vigilan sus rebaños. No era un trabajo fácil. Vivían a merced de las inclemencias del tiempo, durmiendo bajo las estrellas o bajo pequeños refugios improvisados. Son gente pobre, simple, lo más pequeño entre los más pequeños de Judea. Ni siquiera sabemos sus nombres. Dios les revela el secreto desconocido para todos: la venida a este mundo del Redentor tan esperado. «¡Un Salvador les ha nacido, es Cristo, el Señor!» Ciertamente, estos pastores a menudo hablaban entre sí sobre el Mesías que iba a venir. Con humildad, oraban: «Dios mío, Jehová, envía al Mesías a quien anunciaste. Es el momento, según las profecías, según las Sagradas Escrituras. Debería llegar pronto. Envíalo, ten piedad de Tu pueblo».

En esa noche de Navidad, un ejército de Ángeles viene del cielo en nombre de Dios manifestándose a estos pobres pastores, a estos pequeños que no son nada según el mundo. Los ángeles cantan: Gloria a Dios en los Cielos y, en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad.6 Los pastores son rectos en sus corazones, tienen esta buena voluntad ante la mirada de Dios. Estas almas sencillas, estos humildes hombres sin duda, partieron inmediatamente hacia la gruta que los Ángeles les habían indicado. Reconocieron las señales de Dios: «Encontrarán un Niño, envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Al ver al Niño Dios, cayeron de rodillas para adorarlo. ¡Fueron los primeros!

Mientras tanto, más lejos en Oriente, había magos que eran sabios y reyes. Estos hombres, aunque paganos y no teniendo aún la verdadera fe, eran hombres rectos, hacían lo que en su corazón sabían que era correcto. Estaban atentos y fieles a los deseos de Dios. Y cuando aparece una nueva estrella en el cielo, inmediatamente reconocen una acción divina. Entienden que Dios Se manifiesta a ellos. Entonces, desde el Oriente, estos hombres atraviesan vastas tierras, para seguir esa estrella hasta Judea.

Pero cuando llegan a Jerusalén, la estrella desaparece. Los magos se dicen a sí mismos: «Nosotros ¡finalmente estamos en nuestro destino!» Asegurados de que toda la población de la ciudad está consciente del gran acontecimiento, preguntan: «¿Dónde está este Mesías que acaba de nacer?» Y, relata el Evangelio, el rey Herodes estaba turbado, y toda Jerusalén con él.7A través de los Magos, Herodes, este rey malvado, es informado de la venida del Mesías. El rey, malintencionado, dijo a los magos: «Continúen hacia Belén, y cuando hayan encontrado al Niño, avísenme, y yo iré a adorarlo». Al salir del palacio, los magos volvieron a ver la estrella que les conduce a Belén. Descubren al Niño, Lo adoran y se les advierte en un sueño que regresen a casa por otro camino. Enterándose de ello, Herodes se pone furioso, tan furioso que quiere matar al Niño.

Herodes también es israelita, como los pastores. Su orgullo y su sed de poder lo habían llevado a la idolatría. En sus tierras, hizo construir un templo al César, a quien adoraba. Había entrenado a varios de sus compatriotas en la idolatría. Estaba tan endurecido en su infidelidad al Dios de Israel, que en lugar de reconocer la Encarnación y la venida del Verbo de Dios, concibió el proyecto de matarlo. Ya era un hombre malo, pero cuando se enteró de la acción de Dios, su crueldad no conoció límites. Queriendo eliminar a este Rey-Mesías recién nacido, ordena la matanza de una multitud de niños inocentes. Su propósito de matar al Niño Dios falló, pero en su corazón cometió este crimen. Herodes –¡oh! ¡qué desgracia!– se perdió por sus infidelidades, por su ambición, su orgullo. Es inaudito hasta dónde la infidelidad puede llevar a un hombre. ¡Qué advertencia!

En cuanto a los magos, eran paganos. Pero porque fueron fieles a Dios, de fidelidad en fidelidad, llegaron a la cuna del Niño Dios. Pudieron contemplar al Dios encarnado y Lo adoraron. Hoy hay mucha gente que, como los magos, quizá no son de la verdadera fe, que nacieron en otras creencias, que no conocen la verdad. Ciertamente hay almas rectas entre ellos. Oremos para que Dios Se manifieste en sus corazones. Si Jesús Se manifiesta a ustedes, nada puede detenerles. Lo seguirán sin importar el camino dónde los llevará.

¡Gloria a Dios!

Gloria a Dios en los Cielos, y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad, cantaron los Ángeles. Podemos preguntarnos: ¿Por qué gloria a Dios? Dios reina en el Cielo y un niñito acaba de nacer en una gruta. ¿Cómo Dios toma Su gloria de este escenario? Dios es glorificado en lo más alto de los Cielos cuando los hombres de la tierra tienen buena voluntad. La buena voluntad es la voluntad que es conforme a la de Dios. Los Ángeles nos invitan a todos. Tan pronto como tengamos un poco de buena voluntad, Dios nos muestra el camino al Cielo y por lo tanto toda la gloria de Dios es restaurada. La gloria de Dios es que el hombre se una a Él. ¡Es nuestro mayor deseo, es nuestro mayor interés!

Dijimos hace poco, que durante más de cuatro mil años, los hombres esperaban la venida del Mesías. Durante el adviento y esta noche, me hice la pregunta: ¿Quién ha esperado más? ¿Nosotros los humanos, o nuestro Dios que creó al hombre con un amor infinito y que vio a Su hijo separarse de Él violentamente por su pecado? ¿Quién sufrió? El hombre ha sufrido, ¡pero Dios mucho más! ¿No es cierto, cuanto más amamos, más podemos sufrir? Cuando amamos, sufrimos la separación de aquellos que amamos. ¿Quién ama más, Dios o el hombre? Ustedes conocen la respuesta. Dios había amado al hombre con un amor infinito. El hombre al separarse de Dios, Le causó una terrible ruptura. Esta noche la gloria de Dios es reparada, la esperanza renace después de cuatro mil años de espera. Dios esperó mucho tiempo, fue paciente, sufrió.

Dios tiene grandes designios para los tiempos actuales. Tenemos que meternos en Su juego sin analizarlo todo, sin criticarlo todo, sin caer en el cansancio. Hermanos y hermanas, no nos cansemos en nuestra buena voluntad. No seamos como la humanidad que se cansó de esperar al Mesías. José y María eran casi los únicos que seguían esperando al Redentor. No se cansaron de obedecer a Dios, incluso a través de todo tipo de sufrimiento. Viendo la conducta de la Providencia en todas las cosas, siempre estaban abandonados a Su voluntad. Y la Redención, este inmenso plan de Dios, se ha hecho realidad como Dios quería.

Que lo entiendan en esta noche de Navidad. ¿Quieren que el propósito de Dios se realiza en ustedes? Obedezcan a Dios. Que su corazón, que todo su ser, quiera lo que Dios quiere. Entréguense a la conducta de Dios de manera absoluta, sin condiciones, sin comentarios, sin murmullos, ni de labios ni de corazón. Escudriñen a menudo su corazón para ver si es sumiso a Dios, especialmente cuando las circunstancias son molestas, lamentables. Y el propósito de Dios se hará realidad. Dios tiene un gran propósito, pueden creerlo, un propósito como el mundo no ha visto desde hace mucho tiempo. Casi todo el mundo nota que las cosas no van bien actualmente en la tierra. Cuando vino Jesús, el mundo era pagano, idólatra. Incluso los judíos se habían dejado pervertir. Dios ya casi no era amado por los hombres. ¿No parece eso a lo que sucede hoy? Hay tan pocos que aman a Dios, que realmente Lo aman, para quienes Jesús es todo.

Exhortamos encarecidamente a sus corazones a contemplar a este Pequeño. Al nacer, este pequeño Niño nos presta toda Su atención. ¿Por qué este escenario hecho en la gruta de Belén? Dios quiere seducirnos, mostrarnos Su amor. El hijo de Dios deja Su Cielo para mostrarse plenamente atento con cada uno de nosotros. ¡Contemplen al Niño Dios que nos extiende Sus brazos! Vean a Su Madre presentándole y escúchenle decirles: «Hijo Mío, eres todo para Mí. Bajé de Mi Cielo por ti. Por ti vine en la pobreza, en la noche, en el silencio, desconocido por todos los hombres, despreciado por todos. He venido por ti, hijo Mío, para decirte cuánto te amo y para invitarte a seguirme».

¡Que cada uno responda! ¿Quién puede resistirse a este Pequeño? Contémplenlo. Déjense encantar, déjense conquistar por Él. No tengan vergüenza de pedirle que seduzca su corazón, dejen que Él Se manifieste en su alma. Que les seduzca de tal manera que quieran seguirlo en todos Sus caminos. ¡Escúchenlo a Él! Si todo anda mal en la tierra es porque no Le escuchamos.

Hermanos y hermanas, queridos amigos, comprenden por estos pocos comentarios lo que este pequeño Jesús espera de nosotros. Pronto Él nos dirá: Yo soy el camino, soy la Verdad, soy la Vida. Nadie viene al Padre sino por Mí.8Después de todo lo que Dios ha hecho por el hombre, ¿qué puede uno hacer demasiado para ir a Él? ¿Qué estamos esperando para cumplir Sus expectativas?

Oremos los unos por los otros, pidamos la gracia que nos atraiga este pequeño Jesús, nos seduzca, que gane nuestros corazones para que Lo sigamos absolutamente. Una vez seducidos, una vez que amamos de verdad, nada nos detendrá. Hagamos todos juntos una súplica, para que nuestros hermanos y hermanas de la tierra entren en esta atención a la voluntad de Dios. En la noche de Navidad, Jesús está muy atento a nuestras oraciones, especialmente cuando estas oraciones piden cosas que Él mismo quiere producir en nosotros. Vamos a ofrecer esta santa misa navideña para pedir al Niño Jesús, que Se manifieste a sus almas, que se enamoren de Él.

Les damos la bendición a todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, a ustedes queridos amigos, a nuestros misioneros que están lejos. Varios de ellos están solos en esta Nochebuena. Les bendecimos especialmente. Bendecimos nuestros hogares Cenáculos, esas almas que pasan muchas horas todos los días a los pies de Jesús Hostia. Bendecimos a todas las almas de buena voluntad en todo el mundo, que según la luz recibida, quieren agradar a Dios. Y Le pedimos a Jesús que transforme los corazones de los que no Le aman, para que ellos también tengan buena voluntad.

Que la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes por María Madre de Dios. Amén.

1 Cántico tradicional «Ha nacido el Niño Divino».

2 S. Mateo 15, 8-9; S. Marcos 7, 6-7

3 S. Juan 1, 11

4 S. Lucas 2, 1

5 S. Lucas 2, 7

6 S. Lucas 2, 14

7 S. Mateo 2, 3

Cf. S. Juan 14, 6